Argentina versus Alemania: honor y competitividad

Estoy convencida que el deporte es sano en multitud de vertientes. Fomenta la solidaridad, la competitividad, la cooperación, el espíritu del esfuerzo. Pero al mismo tiempo tiene como todo en la vida, una cara oculta y oscura: la del fanatismo, la peor de las caras, porque allí no se tiene en cuenta quién juega mejor, ni cómo lo hace. Entonces el deporte se convierte en una ideología, en un partido, en un ídolo al que se le sacrifica todo el buen rollito asociado de la deportividad.

Me ha gustado siempre participar como jugadora en la sana rivalidad de un equipo. Pero me da miedo esos hinchas que no parecen ejercer otra profesión que la de seguir por todo el mundo a su equipo. Unos iluminados que pueden provocar altercados fuera y dentro del campo. Ese tipo de comportamientos es propio de psicópatas. Parecen personas normales, se comportan como seres civilizados, pero en un momento determinado se les va la pinza y, cometen todo tipo de desmanes.

Ahora que estamos viviendo la final mundial del fútbol. Yo sigo asustada cuando descubro en el metro un grupo de hinchas con sus camisetas del club preferido, dispuestos al “oheoooheooohe” y que todo el mundo les ría las gracias. Y si nos vamos al presupuesto que manejan los clubs de fútbol te puede dar la taquicardia pensando que un sólo jugador vale tanto como la inversión en sanidad de un país determinado. Y no voy a decir del tercer mundo. Porque con esto de la globalización ya somos todos uno. Y por ello hemos llegado a grandes y espantosas diferencias entre unos u otros.

De modo que bien por el fútbol. Bien por todos los jóvenes que juegan en su equipo cada fin de semana. Bien por el esfuerzo que supone entrenarse tras una jornada de trabajo o estudio. Bien, siempre y cuando, no se pasen al lado oscuro del deporte. Al del fanatismo que no sabe de reglar y normas, de quien juega bien o mal, porque sencillamente se trata de que unos son de los nuestros y los otros se convierten en enemigos.

Es curioso que previo a la Segunda Guerra Mundial se organizaran unas Olimpiadas con un sabor tenebroso en el ambiente. Al que fueron capaces de sustraerse exclusivamente los deportistas, para quienes felicitar al contrincante fuera cual fuera su raza o país, era un deber y un honor.

Y me gustaría que ese sentido del deber y el honor, tomase de nuevo las riendas de estos mundiales que están a punto de finalizar. Y no voy a poner pegas a que curiosamente se enfrenten Argentina y Alemania. Las piruetas que da la vida ya no me sorprenden. Pero si que agradecería que todos los seguidores de este deporte valorasen en juego, no el equipo. Y así tal vez nos sustraeríamos de comentarios jocosos que van corriendo por la red, sobre si la cosa se queda con una Papa alemán o el nuevo Papa Argentino.

Es que me parece fuera de lugar semejante comparación. Seguro que ambos Papas si son aficionados al deporte estrella, se rían jocosamente de que el azar haya elegido a sus respectivos países como finalistas. Seguro que les parece todo una broma a la que mucha gente está sacando de tiesto.

El ocio es el peor enemigo de la razón. Decía “Santa Teresa de Jesús que la imaginación es la loca de la casa”. Lo dijo en el Siglo de Oro y han pasado más de quinientos años y sigue siendo una verdad que algunos hacen suya sin importarles demasiado quedar como facinerosos que van tras un titular sin sentido. Pero seguro que oiremos muchos de esto tras el partido.

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Acerca de Carmen Bellver

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