Del erial al jardín frondoso de la fe

La Iglesia sigue preocupada por la trasmisión de la fe. Es consciente que si falla en el núcleo familiar, se viene abajo como un castillo de naipes. Por eso constata cada año como muchos niños hacen su primera y última comunión. Convertido el acontecimiento en un mero acto social. Del mismo modo sigue viendo como los adolescentes que reciben la Confirmación desaparecen de la Iglesia al poco de recibir el sacramento. Y no hay recetas mágicas, ni pastoral adecuada, ni catequistas superiores a otros. Ni sacerdotes con mayor poder de seducción.

La fe sigue siendo un encuentro personal, una gracia. Y la única manera de despertar los corazones dormidos pasa siempre por llevarles a las preguntas últimas. ¡Qué sentido tiene tu vida!. ¿Somos cristianos de cumpli-miento?. ¿Sentimos que hemos encontrado el tesoro por el que vale la pena arriesgar todo?. Despertar el ansia de lo eterno, la vocación del amor, está hoy reservado a grupos pequeñitos. No a esas masas enfervorizadas que acuden a los actos multitudinarios porque es la escusa ideal para viajar y enrollarse con los de su grupo.

La semilla sigue siendo algo pequeñito he inadvertido. Y lo más curiosos es que está en manos de otro, no precisamente en las nuestras. Es fruto de la gracia que actúa en lo profundo del corazón. Por eso vale la pena que nadie se desanime y mucho menos que alguien se enorgullezca de tener un convento rebosante de jóvenes o un seminario lleno.

Por supuesto que hay estilos y modos que pueden ayudar o perjudicar en ambas direcciones. Pero la única receta sabia y profunda que se nos pide es que reflejemos autenticidad en nuestras vidas. Que se huela el aroma de la levadura fermentando en la masa. Que la cizaña que todos llevamos a cuestas no espante demasiado, no sea tan destructora que haga salir corriendo en otra dirección.

Y como siempre, se pide la fuerza de llevar a cabo la trasmisión del evangelio con el modelo de aquellos primeros cristianos que vivía sumidos en la oración y los sacramentos, y con la alegría contagiosa de sabernos dueños de un tesoro. En definitiva el evangelio de este domingo muestra que la humildad, la constancia, la oración y la gracia, son esa semilla que puede crecer junto a la cizaña que siempre nos rodea, sin que destruya el trigo.

Tal vez habría que lanzar una catequesis familiar. Que los padres de esos niños a quienes se les apunta para recibir la comunión, tuviesen que oler el perfume de la fe. Y si no quieren, pues nada se pierde, porque en definitiva el vínculo está roto ya desde el principio.

Pero también puede pasar que esos pequeños cursillos de confirmación queden como un poso de brasas semi-apagadas que en un momento determinado vuelven a prender en un fuego incandescente. No son pocos los que se alejan y vuelven a casa como el hijo pródigo. Son muchos los que salen a darse encontronazos con la vida hasta volver a sentir la necesidad de regresar a casa.

La verdad es que tras llevar casi nueve años en los medios de comunicación, con la única pretensión que hacer visible el humanismo cristiano con artículos de opinión sobre la actualidad o bien, sobre determinados acontecimientos religiosos. Todos somos conscientes que las páginas religiosas han crecido desde el erial al jardín frondoso con diversas especies, que ofrece experiencias de todo tipo.

Las nuevas tecnologías son hoy el banderín de enganche para recalar con tranquilidad en algún abrevadero que sacie nuestra sed espiritual. Y vale la pena que dentro de este mundo identifiquemos con claridad quienes son trigo y quienes cizaña. Porque anda todo muy revuelto. Pero si el Señor quiso que esto fuera de esta manera, no hay de qué preocuparse. El sabe cómo llegar a un corazón.

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Acerca de Carmen Bellver

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