Santiago Matamoros: con perdón

La vida en muchas ocasiones resulta irónica y nos gasta bromas pesadas. Seguiremos celebrando el 1 de mayo aunque la mitad de la población esté en paro y el resto tenga que trabajar todos los días y con ello incluyo el domingo. Desde que el laicismo corta y pincha como quiere en las leyes, Santiago seguirá siendo el patrón de España, pero su culto ha tenido que dejar de ser obligatorio. Mañana será un día laborable en la mayoría del territorio español, salvo en la Comunidad Gallega.

Y con ello los mismos ciudadanos vamos perdiendo raíces que antes nos mantenían unidos. Santiago era uno de los hijos del Trueno. Un apóstol que llegó desde oriente a lo que se llamaba el Fin del mundo “El finisterre”. Más allá ya no había nada, Colón tardaría siglos en descubrir la falsedad de esa imagen que estaba grabada de manera global en la mente de muchos. Por supuesto se conocían las islas británicas. Pero lo que es suelo sólido quedaba allí en el cabo de Finisterre.

La divisa “Santiago y cierra España” se convierte poco menos que en un grito profanador a la bonhomía del colectivo en el que nos hemos ido convirtiendo, no vayan los musulmanes a enfadarse y subirnos el precio de las verduras. La historia por tanto se esconde debajo de la alfombra, no es de buen tono reivindicar determinadas cosas.Aunque yo apunto a que investiguen en esa dirección porque encontrarán un hecho histórico fundamental para nuestro país.

Y así con ese aire de relativismo que venimos construyendo durante cerca de cuarenta años. Nuestros jóvenes desconocen figuras que a nosotros nos hacían sentir orgullosos de ser españoles. Hoy se lleva lo contrario desde algunos rincones que defendieron con ardor la bandera rojigualda, se tiende ahora a quemarla o profanarla del peor de los modos. Ser español resulta peligroso dependiendo de donde te sitúes geográficamente.

Y ser católico practicante ha derivado en una especie de “rara avis” que alza los hombros cuando se critica a la Iglesia o defecan directamente en lo más sagrado de nuestra fe. Pocos, muy pocos, toman la iniciativa apologética de defender su fe, como muchos otros miran de lado cuando se ataca a España en determinados rincones de la piel de toro. El caso es que parece que la dinámica de la historia sigue esos ritmos oscilantes de indiferencia ante lo más relevante. Hasta que llega lo inevitable y la sangre vuelve a corres por nuestras venas.

Y por esas cosas de la vida una ha sentido verdadera pena frente a determinadas personas que se llaman solidarias, enrolladas y molonas, pero que no sienten orgullo ni de su país, ni de su fe. Una se da cuenta de que hay varias generaciones perdidas, como se llegó a llamar a aquellos jóvenes sobrevivientes tras la primera guerra mundial. En este caso son los hijos nacidos en la Transición y educados según la ideología pedagógica más avanzada de su época. Algunos ya les han etiquetado como los ni-ni, o directamente los merengues, incapaces de entender que la resiliencia del ser humano se construye con esfuerzo.

De eso saben más los abuelos que sostienen hoy la economía de tantas familias golpeadas por la crisis. Esos abuelos que comenzaron a trabajar cuando todavía llevaban pantalón corto y ellas seguían con los calcetines y las trenzas. Hubo varias generaciones que tuvieron la dicha de cambiar de trabajo a lo largo de su dilatada vida, pero no porque les vencía el contrato sino porque se iban superando poco a poco desde lo más bajo. De esos españoles tenemos que sentirnos orgullosos porque gracias a su esfuerzo vino detrás todo lo que en teoría debería habernos situado entre los mejores. Y el espejismo duró apenas un lustro con aquello de ser al fin europeos, de tener unas Olimpiadas en nuestro país, de celebrar los quinientos años del descubrimiento de América. Fueron ciclos de euforia permanente, donde nadie pensaba en la balcanización de España ni muchos menos que en su pueblo habrían noventa nacionalidades campando por sus calles.

Tras esta larga disertación vengo a retomar la figura de Santiago Apóstol, para que en la medida de lo posible celebremos la fecha aunque sea con la típica tarta de almendra. Que la repostería también hace país y sobre todo une pueblos.

Acerca de Carmen Bellver

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