El misterio de la fe

Un recorrido por los titulares del viaje del Papa a Corea del Sur parecen confluir en la misma dirección. El Papa está contento de beatificar a unos laicos que recibieron la fe a través de la Palabra. No había sacerdotes, ni religiosos que les instruyeran. Tan sólo contaban con los relatos escritos por otros. Pero a través de esos relatos surgió una fe sobrenatural que les llevó a formar una verdadera comunidad cristiana, como en los primeros tiempos, compartiendo entre ellos todo lo que tenían. Y además supieron testimoniar el don de Dios hasta dar su sangre en el martirio.

Y si hay algo que define a la Iglesia es precisamente su universalidad. Está dispuesta a recorrer el mundo para transformarlo a los valores del Reino. El evangelio de este domingo te impacta. Mateo (15,21-28) Jesús no parece actuar como suele. Rechaza las súplicas de una cananea porque no forma parte de los hijos de Israel. Y la mujer insiste con una fe mayor que la de los propios discípulos. Le reconoce como Hijo de David, le suplica la curación de su hija. Y hace exclamar al Señor: ¡Mujer, que grande es tu fe!. Hay que recordar que está en tierras paganas para un israelita y que se había encaminado hacia Tiro y Sidón cansado de la dureza de corazón de escribas y fariseos.

Hoy en la Iglesia se da la misma paradoja. Las comunidades que crecen se encuentran en países de otros continentes. Europa y América del Sur tienen estadisticamente más católicos. Pero sus comunidades van perdiendo pujanza. Especialmente en Europa. En el continente con raíces cristianas, el abandono de la práctica religiosa es aplastante. Y en cambio en Asía, con una la población mayoritaria no católica, va paulatinamente creciendo la fe en Cristo y paso a paso se consolidan comunidades activas donde la práctica de la Eucaristía es la mesa común que reúne a los hermanos.

Todos afirman que el Evangelio de este domingo nos enseña dos cosas esenciales. Que se puede encontrar mucha más fe en quienes aparentemente no pertenecen a las comunidades parroquiales. Y que esa fe les hace orar con la súplica decisiva que apela a la misericordia: ¡Señor, socórreme!. En tiempos donde algunos cuestionan el valor de la oración a favor de un activismo frenético hacia los más necesitados. El Papa Francisco vuelve a recordar que la Iglesia no es una ONG. La caridad proviene del corazón de la oración que transforma todo a su alrededor. Porque además no podemos ocuparnos de alimentar exclusivamente el hambre del mundo, o de denunciar las injusticias de los poderosos. Si a su vez no permanecemos unidos a la oración de súplica capaz de mover montañas. Y atender a su vez el hambre y la sed de Dios que está apagada por las luces de la mundanidad.

Me da miedo esa gente que protesta contra la Iglesia porque quiere que denuncie la injusticias como si fuera un partido político. Esa gente que oculta el bien de tantos hermanos y denuncia el silencio de los obispos, como si tuvieran línea directa con las pastorales de todas las diócesis. Miedo a crear desde el mismo seno de la Iglesia idénticas falacias que en el pasado llenaron de odio y rencor hacia la Iglesia a tantos españoles. Miedo de esos creyentes que quieren trasformar el mundo produciendo enfrentamientos sociales. Miedo de quienes etiquetan a los suyos y excluyen al otro porque no coincide con su pensamiento. Hay desde dentro de la misma Iglesia una guerra permanente por dejar en mal lugar a la Iglesia institución. Y un revolotear de calumnias que el Papa se apresura a señalar como malignas. En ningún momento Jesús se opuso al opresor tirano de su pueblo. No fue un zelote que luchaba contra los romanos. Y sin embargo predicó un modo de convivencia basada en la fraternidad. Creo que es más difícil cambiar por dentro que cambiar el mundo. Y la cuestión del enfoque no es baladí, porque enseñar a tender puentes y diálogos, cuesta más que lanzar consignas revolucionarias y provocar incendios que arrasan con todo.

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Acerca de Carmen Bellver

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