Sanar los males del alma

A lo largo de la existencia el corazón puede ser herido de mil modos diferentes. Heridas de infancia, heridas de adolescencia, heridas de juventud, heridas de madurez y heridas de vejez. Lo más profundo de nuestra interioridad se desgarra por aquellos con quienes convivimos o vamos conociendo y que en algún momento nos han hecho daño. Afortunadamente con algunos crecemos como personas, porque nos ayudan a levantarnos cuando caemos, cuando tropezamos, cuando no somos capaces de dar un paso más. Pero a su lado encontramos también aquellos que dejan una huella dolorosa que solo el perdón y la gracia pueden sanar. Quien no goza de ese don vivirá con resentimiento permanente, pero el perdón no significa mantenerse en una situación pasiva. Y el resentimiento a veces puede durar aunque exista el perdón. Porque hay emociones que brotan sin que podamos controlarlas.

Curarnos esas heridas precisa de mucha paciencia y confianza en el Señor. Porque nos han dejado hecho jirones el órgano más profundo de nuestra interioridad. Esas heridas reviven como fantasmas en algunos periodos. En otros la vida misma se ocupa de distraernos para no entrar en un terreno doloroso. Pero el terapeuta experto en esos males siempre nos llevará a enfrentarnos con ellas, para que seamos capaces de perdonar en profundidad. Y ese terapeuta tiene el rostro de Jesús. El camino hacia la interioridad siempre nos enfrenta con aquello que a veces intentamos evitar, también a nuestros miedos e inseguridades.

El Evangelio está lleno de escenas que no son otra cosa que un encuentro para descubrir una nueva realidad que nos sorprende. Y en ella hallamos la mano tendida, la comprensión y la misericordia de Jesús como respuesta. Por otra parte el mismo Papa Francisco confiesa tener sus propias neuras. Con esa frescura de estilo típico argentino, país donde el psicoanálisis tiene un fuerte arraigo .Y se lo toma con humor. Y es que todos somos el resultado de múltiples factores y circunstancias concretas. Cada uno arrastra tras de sí las huellas de su propia travesía. De manera que una suele utilizar una oración de súplica conocida: Señor, dame fuerzas para poder cambiar lo que deba cambiar y, para aceptar aquello que deba aceptar. Y bendice a quien me ha ofendido. ¡Qué psicología la de Jesús de Nazaret que al enseñarnos a orar nos invita a perdonar.!

Pero a veces tenemos que alejarnos de situaciones o personas que son capaces de enfermar a cualquiera. Se trata de una mera cuestión de supervivencia. Alejarse de lo negativo para acoger todo lo positivo y bueno que hay a nuestro alrededor. No es una huida irresponsable, sino una decisión meditada y llevada a la oración. Y es que la capacidad de aguante no depende exclusivamente de nosotros. El cuerpo acusa la fatiga, se altera el organismo y hasta puede enfermar el espíritu.

El hermoso poema de Santa Teresa de Jesús. Es un canto de gracia en tiempo de adversidad y vale la pena meditar sobre el mismo. No niega los problemas, tan sólo confía porque sabe que incluso del mal puede el Señor sacar un bien mayor.

Nada te turbe,
Nada te espante,
Todo se pasa,
Dios no se muda.
La paciencia
Todo lo alcanza;
Quien a Dios tiene
Nada le falta:
Sólo Dios basta.
Eleva el pensamiento,
Al cielo sube,
Por nada te acongojes,
Nada te turbe.
A Jesucristo sigue
Con pecho grande,
Y, venga lo que venga,
Nada te espante.
¿Ves la gloria del mundo
Es gloria vana;
Nada tiene de estable,
Todo se pasa.
Aspira a lo celeste,
Que siempre dura;
Fiel y rico en promesas,
Dios no se muda.
Ámala cual merece
Bondad inmensa;
Pero no hay amor fino
Sin la paciencia.
Confianza y fe viva
Mantenga el alma,
Que quien cree y espera
Todo lo alcanza.
Del infierno acosado
Aunque se viere,
Burlará sus furores
Quien a Dios tiene.
Vénganle desamparos,
Cruces, desgracias;
Siendo Dios su tesoro,
Nada le falta.
Id, pues, bienes del mundo;
Id, dichas vanas;
Aunque todo lo pierda,
Sólo Dios basta.

Mal lo debía estar pasando la Santa. Y sin embargo no se cierra en la amargura sino que reafirma su única meta, su único afán que es mantenerse unida a Dios. Lo demás, ya no le importa. “Sólo Dios basta”. Ojalá también nosotros podamos vivir con esa paz de Espíritu. Aunque atravesemos valles tenebrosos y túneles oscuros.

Hay una anécdota sobre San Juan XXIII. La cuento como la recuerdo, al parecer al inicio de su pontificado le acuciaban las preocupaciones diarias hasta impedir sus horas nocturnas de reposo. Finalmente un buen día tras presentar al Señor su congoja, comprendió que no debía preocuparse. Lo suyo era hacer lo que buenamente pudiera, porque en definitiva quien guía a la Iglesia es El Espíritu Santo. El Papa Francisco con sus neuras parece que ha comprendido lo mismo. El cardenal Bergoglio tenía un rictus diferente en su rostro, al que ahora muestra el Papa Francisco. Que en su sabiduría inició su andadura pidiendo oraciones.

Confiemos por tanto que todo corazón agrietado puede recomponerse y ser capaz de trasformar el rictus de amargura por la sonrisa confiada de quien se sabe en buenas manos. Para eso están las oraciones de los fieles y la comunión de los santos.

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Acerca de Carmen Bellver

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