Sonata de Navidad

Blancas luces y guirnaldas fluorescentes; espumillón y bolas colgando del techo; Papa Noël decorando cada caja de zapatos. Un diminuto Belén arrinconado entre botas de caballero y carteras de piel para documentos. Movimiento, mucho movimiento. Gente que entra y sale. Dependientes dispuestos a disputar las ventas como si en ello les fuera la vida. Viven de temporada, están allí de casualidad. Es la campaña de Navidad y son los precarios que estudian leyes o medicina, pero gastarán sus días de exámenes y las vacaciones para costearse ese dineral en el que se ha convertido la educación.

Resulta que ahora no se estudian asignaturas. Son créditos. Eso piensa Juan con sorna mientras ata los cordones de los zapatos a un posible cliente. Crédito es lo que le hace falta a él y a Sonia para poder casarse, para independizarse y comenzar una vida que les produce pavor, por incierta e insegura. Menos mal que tienen la familia y el colchón de los abuelos que siempre ayuda. Que Dios les conserve la salud, casi les han criado a ellos, mientras sus padres echaban horas para poder darles una vida decente.

Sin embargo, las becas no son lo que eran. Caen en cuenta gotas. Las ayudas se han desvanecido. Y la posibilidad de acceder a eso que alguien dio en llamar la clase media, es cada día más improbable. Juan se desespera, ha sido pinche de cocina en un restaurante de postín. Ha repartido pizzas a domicilio; ha vendido seguros de vida; ha estado como interino en la administración. Pero nada, el trabajo se le termina, los plazos de los contratos son como sentencias que dejan un vacío en el estómago.

Y qué decir de Sonia, mientras termina enfermería, da clases particulares. Echa horas en una guardería por la mañana; tampoco encuentra nada seguro. Y su madre Elvira la consuela. Le dice que estudie y no se preocupe, que poco a poco lo van a conseguir. Pero el qué. Irse con médicos sin fronteras para combatir el ébola, es la última locura que le ha venido a la cabeza. Todo para ganar experiencia y poder buscar un país de Europa que le asegure una vida más o menos estable.

Juan, piensa lo mismo. Y le da a los idiomas además de al derecho. Está seguro que el futuro de Sonia y el suyo, pasan inevitablemente por irse de España. Ellos no son los nini. Sino los sisi. Si trabajan, si estudian y sí están dispuestos a lo que sea para ganar su hogar y su felicidad.

El viento sopla gélido en la calle. Sale el vaho por la boca de los viandantes que Juan contempla a través de los cristales y, en ese momento se da cuenta. Allí junto al semáforo de la esquina está Paco, sentado encima de una manta junto a su perro Rufián. Con una pandereta como recipiente para que le dejen caer algunas monedas. Paco no es un pedigüeño cualquiera. Se le fue la mujer y el hijo en un incendio de una vivienda hipotecada. Y además de perder todo, está en la calle dispuesto a sobrevivir como sea. Rufián es toda su familia. Se fue del vecindario para que no le tuvieran lástima. Pocos conocen su historia.

Pero los tres tienen en común la cita de Nochebuena. La misa del Gallo en la parroquia de Luis, el vicario que tiene abierto un economato de Cáritas y que ha programado la cena más solidaria de todo el arciprestazgo. Allí van a llevar cada uno lo que puedan, y quienes no tienen nada, pueden estar seguros de su silla porque ya han recibido el boleto en la parroquia. Es la cena solidaria. Antes de la medianoche. Y luego sí que podrán cantar al Niño Dios que vino envuelto entre pañales convertido en un mendigo del amor.

Les gusta pensar que podrán recibir casi dos eucaristías, la oficial y la que el padre Luis ha montado como cena común, con lo más sencillo y lo más noble que cada uno ha sabido aportar. Y la fraternidad hecha carne a lo vivo, como se debe hacer sentir a cada cristiano. Hermanos unos de otros, partiendo y compartiendo el pan, el dolor y la alegría, como cualquier familia.

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Acerca de Carmen Bellver

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