Y después de Nochebuena qué

Y llegó el día después, tras la resaca de la televisión consumista con langostinos,turrón, cava y humoradas. Y llegó la nostalgia a quienes estaban lejos de los suyos; la tristeza a quienes no podían hacer otra cosa que partir una ración de tortilla de patatas. Y llegó el día después con las botellas recogidas por los basureros al amanecer. ¿Pero llegó Dios?. ¿Llegó de verdad el misterio del Dios hecho niño en un pesebre?.¿La fiesta por estar salvados y haber sido redimidos?. ¿Llegó la fe a nuestra mesa común?. Es una pregunta para reflexionar como cada año.

Porque encima para algunos estas fechas son odiosas, tienen que aguantar la suegra y toda la parentela, por obligación. Porque estamos en Navidad y las costumbres son cánones que no pueden saltarse a la torera. Ni los más ateos, ni los más agnósticos, ni los más…. dejan pasar estas fechas. Y de verdad que lo que acontece sucede exactamente en la celebración de la misa del Gallo. Allí está la verdadera fiesta. La celebración por antonomasia. Y es una lástima que no sepamos trasmitirla tal y como es. Aunque se esfuercen en publicar las homilías del Santo Padre y el morbo tenga a más de uno pendiente de la televisión Vaticana. Para ver por donde sale Francisco, aunque el Papa se la traiga al fresco.

Pero es que en esta ocasión el día después sigue. Con la otra parte de la familia. Como está mandado. Y volvemos a perder una gran oportunidad de vivir lo principal y quedarnos con lo anecdótico. Algunos no, algunos saben hacerlo. Visitan hospitales; sirven cenas en los albergues; cantan villancicos en las prisiones. Y nadie hablará de ellos, de esos verdaderos heraldos del evangelio que como hermanos de Cristo se quedan con los de abajo.

Luego tenemos las cenas solidarias, las comidas solidarias, las fiestas solidarias. Como si quisiéramos aliviar la conciencia un poquito. Vamos y dejamos en Cáritas nuestro donativo y sentimos que ya hemos hecho algo. Sigo pensando que no hacemos lo que debemos. Lo principal sigue siendo rezar por el mundo, que bastante perdido anda en estos tiempos de crisis y guerras de intereses financieros. Mientras escribo estas líneas pienso si mañana tendrán como titular que el Santo Padre ha cenado sirviendo la mesa de los pobres del Trastevere antes de oficiar la Eucaristía. Aunque lo más probable es que haya invitado a más de unos cuantos a Santa Marta.

Y son muchos los obispos que sin hacer ostentación van a compartir La Nochebuena con una cena en un asilo y de eso, tampoco nos dirán nada los periódicos.

Plácido fue una película española dirigida por Luis García Berlanga, donde la ironía del valenciano puso a prueba a la sociedad. “Allí en una Nochebuena  de una pequeña ciudad de provincias española. Ollas Cocinex patrocina una subasta a la que acuden artistas de Madrid para invitar a cenar a un pobre en casa de cada familia de ricos. Mientras Plácido, contratado para que recorra por la ciudad una estrella navideña en su recién estrenado motocarro, debe abonar la primera letra del modesto vehículo antes de la puesta de sol”.

Una ironía cinematográfica que parece tan real como la vida misma, en estas fechas que muestra como solemos limpiar nuestras conciencias a base de actos benéficos, sin atender a lo que es más fundamental. Que es acordarnos todos los días de quienes pasan necesidad. Y hacer nacer la Navidad en los corazones oscurecidos por las tinieblas de la desesperación.

Que este día después sigamos con la verdadera celebración, la que viene a proclamar que todos somos hermanos y debemos saber compartir también la fe. Porque estamos llamados a proclamar que Dios ha venido al mundo a salvar a la humanidad. Y hacernos sentir la fraternidad por encima de enconamientos que rumiamos una y otra vez, sin solución.

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Acerca de Carmen Bellver

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