Sagrada Familia: de Colón a la Almudena

La fiesta de la Sagrada Familia en Colón tenía un carácter provocativo, a qué negarlo. Constataba que hay un tipo de familia denominada “tradicional”. Porque está arraigada en la tradición católica. Las familias de Colón llevaban su matrimonio como un estandarte en el que mostraban que Dios actúa fecundamente en quienes ponen su confianza en Él. Querían demostrar que como José, María y Jesús, también ellos tenían dificultades y contratiempos. Pero todo puede superarse en el diálogo y con el amor de Cristo. Esta era la idea del mensaje que nunca se podía proclamar porque siempre surgía el contra mensaje, el de quienes no quieren saber nada de ese tipo de uniones que se comprometen en la salud y en la enfermedad y hasta que la muerte las separe.

Las familias siempre han tenido crisis. Algunos han sido extremadamente infelices por causas que la literatura y a historia nos ha mostrado en todas sus variantes. Pero jamás he podido entender la teología de rebajas. La santidad es la vocación de todo cristiano. Y no se consigue buscando la puerta fácil de entrada a las satisfacciones personales. Se consigue con el amor y la fidelidad. Si hoy las relaciones prematrimoniales son moneda común. Si los psicólogos, todos ellos de escuelas alejadas del catolicismo, proclaman que el sexo debe experimentarse antes de tomar la decisión de unirse. Es fácil que encontremos el teólogo comprensivo que bendecirán ese conato de unión prematrimonial, porque en definitiva ambos desean convivir y ser pareja. Aunque se casarán más tarde. Y a lo que se le llamaba antaño “vivir en pecado”, (aunque el amor difícilmente lo sea). Hoy se le palmea como compromiso que obedece a causas de diversas dificultades insalvables.

De la misma manera, entró el divorcio en el lejano 1981, para recomponer esas vidas destrozadas que tenían derecho a una segunda oportunidad. Lo que en definitiva se conseguía era una estocada a la Sagrada Familia. Sagrada por estar sacramentalmente ungida. Y una no entiende que se pueda devaluar tanto el amor como para convertirse en un pasar de mano en mano, a ver si acierto en alguna ocasión. Pero sin conocer las raíces que hacen germinar esos frutos de amor eterno. Porque la vida no se acaba sino que sigue y se trasforma. Y nada puede haber más hermoso que amarse para siempre.

No finaliza ahí el componente que tenía el evento de Colón. Molestaba, se criticaba a los movimientos más conservadores. Y el arzobispo de Madrid monseñor Osoro ha lidiado el toro con la vuelta al ruedo pero sin trofeo. Porque ahora sólo se escucharán nada más que en las Iglesias y en a Almudena la bella historia de la Sagrada Familia y todas las dificultades que debieron sortear. Sin que ninguna adversidad los separase.

Y ahora cuando algunos quieren que ante la apostasía general se llenen las iglesias con rebajas. Nadie escucha la profecía que María recibió: “Una espada de dolor atravesará tu corazón”. Y son incontables las espadas que atraviesa nuestros corazones en la vida, para que algunos arzobispos lleguen incluso a marear a los fieles creyentes con la comunión a los divorciados o el matrimonio a los homosexuales. A ninguno de ambos colectivos le negará Dios la gracia de la salvación. Pero tampoco le dijo a María que su vida sería un camino de rosas. Ni se lo puso a piñón a San José.

De manera que me siento terriblemente desconcertada con los teólogos de rebajas, que van haciendo componendas para cambiar lo blanco en negro y el sol en oscuridad. Y entiendo perfectamente a quienes deben separarse por motivos diversos. Y a quienes amándose no pueden unirse sacramentalmente. Pero es que el Evangelio y la tradición no pueden rebajar la exigencia del cristiano que tiene vocación de santidad.

Por eso la segunda lectura Colosenses 3, 12-21, es todo un canto a la convivencia: “Como elegidos de Dios, consagrados y predilectos, vestíos de ternura entrañable, de agrado, humildad, sencillez, tolerancia; conllevaos mutuamente y perdonaos cuando uno tenga queja contra otro; el Señor os ha perdonado, haced vosotros lo mismo. Y por encima, ceñíos el amor mutuo, que es el cinturón perfecto…”

Algo se pierde en Colón que no sabemos todavía si ganaremos en la Almudena. En principio ya no hay provocación, ciertamente. Pero, ¿sabrá monseñor Osoro y todos los fieles trasmitir la gracia de esta fiesta de la Sagrada Familia cuyos valores se oponen en rotundidad a la agenda de Naciones Unidas y otros lobbys de ingeniería social?. Ese es el verdadero reto que hay que lograr.

Acerca de Carmen Bellver

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