Y surgió el eslogan: Yo no soy Charlie

Es cierto que el eslogan nace desde lugares próximos a un pensamiento conservador. Le Pen no aprueba el crimen, pero no es Charlie. Y no lo es porque el semanario satírico en nombre de la libertad de expresión no encontraba límites en sus viñetas. Entonces surgen voces como la del escritor Juan Manuel de Prada que insiste en afirmar que tampoco él es Charlie. Que no está a favor de una libertad sin límites que zahiere lo más sagrado del hombre que es la fe. O incluso abusa de la honra de sus caricaturizados. Y así, poco a poco, tímidamente, muchos han explicado que no son Charlie. Y que haríamos bien en tomar como ejemplo a EEUU donde nunca se reproducen imágenes que atenten contra la fe o el honor. En un país donde se respeta la libertad de prensa, hay por tanto, unos límites. Algo que la decadente Europa no sabe establecer.

Y Francia cuna de la libertad, ha extendido el mismo conflicto por el resto de países. En nombre de la libertad de expresión todo vale. Y todos debemos someternos a la gracias de los viñetistas. Disculpen que me niegue a reconocer semejante dislate. No todo vale. Porque la cultura es educación y unas viñetas forman parte de nuestra cultura y nuestra educación. Lo hemos visto en el teatro, el cine, la televisión. Tomados en nombre de la libertad de expresión para experimentar emociones fuertes que rozan lo abominable. No, no todos somos Charlie. No todos estamos por esa libertad del mal gusto y la zafiedad.

Las viñetas que están saliendo y que no me atrevo a reproducir son vomitivas. Y Europa calla en nombre de la libertad de expresión. Por eso Europa está llamada al fracaso como centro neurálgico de la cultura y del pensamiento. Si todo se reduce a aceptar estas caricaturas en nombre de la libertad de expresión, no nos extrañemos que se haya difuminado la honestidad en la política, las buenas formas en los programas de tertulias; cuando la brújula no funciona dejan de haber referentes claros por donde circular. Y eso en una Europa donde los partidos políticos andan renovándose con una juventud educada en esta permisividad. Es desde luego preocupante.

No todos somos Charlie, pero sí estamos de acuerdo en que no se puede matar impunemente, ni atemorizar a toda la sociedad occidental con una fatua. Ese Islam debe desaparecer y afortunadamente las voces moderadas de muchos musulmanes abren un rayo de esperanza. Desde el laicismo despreocupado de los europeos hasta el fanatismo religiosos de los musulmanes radicales. Hay toda una gama de matices que podemos utilizar. Ya lo dijo Benedicto XVI en Ratisbona y se volvió a montar el lío. Pero no podía estar más certero el Papa emérito. No se puede crear una religión de odio. Dios es amor. Y en la medida que sepamos transformar los corazones de guerra por corazones de paz. La convivencia será posible y fructífera para todos.

Se une a esa reflexión alguien tan liberal como Isabel Gómez Acebo. Es de agradecer que frente al avasallamiento sin sesera que afirma “Yo soy Charlie”, se establezcan otro tipo de planteamientos que sirvan para hacernos reflexionar sobre la compleja realidad del momento presente Donde dos sociedades con valores completamente opuestos están colisionando. Y como la emigración por cuestiones sociológicas y económicas, es imparable. Haríamos bien en reflexionar sobre el fenómeno de la autocensura. Aunque nos cueste admitir que la libertad no deja de ser también un eufemismo del que se puede hablar sin cortapisas en una sociedad cercenada por el miedo frente a la prepotencia de los poderosos y el imperio de la corrupción.

En última instancia como dice el Papa Francisco hay una cierta religión narcisista que sólo se mira su propio ombligo sin que sea capaz de otear el horizonte, de abrirse al diálogo, de entender la propia miseria de cada uno. Que no sea el odio a cualquier religión la que establezca un nuevo fanatismo, la de la libertad sin cortapisas para humillar los sentimientos mas sagrados de miles de seres humanos. Es intolerable que un telediario hable de que se puede y debe defender la blasfemia en nombre de la libertad. Es intolerable al menos que callemos quienes nos sentimos avergonzados cuando se lleva a cabo cualquier blasfemia.

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Acerca de Carmen Bellver

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