Una buena pregunta para las urnas: “¿Qué buscáis?”

Primero fueron a por los jubilados. Les iban a situar en la edad dorada. Y eso contó millones de votos durante décadas. Luego fueron los andamiajes con el matrimonio homosexual, aborto libre, etc. Y se sumaron otro montón de votos porque eso que se llama progresismo viste de rosa y lo lleva a gala. Se ha llegado a tal deleznable estado moral que los embriones se cotizan al mejor postor y hoy se puede ser madre de alquiler y padre por tener un buen puñado de billetes y una legislación permisiva porque en definitiva ya sólo cuentan los votos. De esa manera el sistema político se ha plegado a las directrices de una moral occidental tipificada en los cuatro puntos cardinales: aborto; matrimonio homosexual; hedonismo y consumismo. Y la ética se ha perdido por el camino difuminada en eso que llamamos “derechos”.

En el caladero de voto están también los musulmanes. Que contados numéricamente son tan importantes como para legislar contra los ahora calificados islamofóbicos. No se lo vayan a perder. Estos cerebritos de políticos que nos han tocado en suerte me pregunto si ven la realidad con visión política o como coartada electoral. Si todo se mide por las urnas en función de contentar un electorado, algo falla en la democracia.

La realidad es que se empeñan en decir que no estamos en una guerra de religiones. Lo cual es cierto, pero tal vez debiéramos comprender que un islamista nos ve como corruptos y sin principios. Algo de lo que no está muy lejos de la realidad. La libertad confundida con libertinaje no podrá nunca vencer una moral férrea sometida a las creencias más profundas. Ellos van en una misma dirección, nosotros nos bifurcamos en miles de trayectos contradictorios.

Estamos en un estado de decadente postración frente a un terrorismo apoyado implícitamente por alguien que se dije amigo nuestro. No olvidemos que la masacre de Oriente Medio ha tenido importantes apoyos dentro del mismo mundo musulmán. Estamos en guerra con el terror en una yidah que puede saltar de mezquita en mezquita sin que nadie lo consiga impedir. Mirar para otro lado es casi el suicidio que parece imponerse Europa.

La emigración dirigida por mafias controladas por redes políticas tienen ya un objetivo claro. No se trata de huir de sus países y convertirse en mano barata en el viejo continente. Ese juego les ha salido por la culata y ahora no pueden arreglarlo. Mejor hubiera sido no expoliar las riqueza naturales de esos países, origen de la inmigración Ni provocar guerras que les han hecho huir de su tierra. Ni diezmar de hambruna a la población que huye despavorida Todas esas estrategias políticas al cabo de treinta años han dado lugar a lo que hoy es el mundo pluriétnico de Occidente.

Y seguimos dejando que nuestros principios fundados básicamente en su origen en el cristianismo, principios que el laicismo de la Revolución francesa retomó, como la igualdad, la fraternidad y la libertad, que son tan evangélicos que en el siglo I ya desconcertaban a la poderosa Roma. Esos principios se han ido desvaneciendo en una cultura pagana muy similar a la romana. La decadencia moral de occidente será el origen de su propia caída.

Sólo nos salvará la fe que convierte la sociedad no en una economía de mercado dispuesta a arrasarlo todo, sino en el bien común que sabe distribuir la riqueza con equidad y la justicia con imparcialidad. Mientras tengamos complejos ridículos sobre dónde está el limite de la libertad de expresión, es que todavía no nos hemos enterado de que lo que se dilucida es el estilo de vida occidental y su amoralidad política, económica y social.

La fortaleza de Occidente no se mide por la fortaleza en los principios volterianos, sino en los más profundos que provienen de la Ley Natural y que son el motor de la historia. Afortunadamente siempre hay alguien velando porque no nos convirtamos en lobos que devoran a sus propios hermanos. En ese sentido la banca ética y las propuestas de reforma del Fondo Monetario Internacional, podrían ser la puerta de esperanza dentro de este aparente caos al que el Estado del capitalismo desaforado nos ha llevado.

Deberíamos aprender a vivir sin ambicionar esos aparentes dioses del mundo que son dueños de las mayores fortunas. Deberíamos proponer unos límites a la riqueza privada. Y un intervencionismo estatal que profundizase en mantener los servicios sociales por encima de rentabilidades y beneficios espurios que nos han llevado al fracaso. Pero para eso tal vez debiéramos postular la pregunta que hoy hace Jesús a Andrés y otro discípulo “¿Qué buscáis?. (Juan 1, 35-44)

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Acerca de Carmen Bellver

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