Los amigos de la fe adulta

Madre mía, cómo me empeño en perder amigos. Pero es que durante lustros se les llenó la boca de que debíamos tener una fe adulta. Lejos de aquellas rutinas que parecían veneno en las Iglesias. Los valientes defensores de la fe adulta, comprometida con el mundo y no encerrada en sacristías, nos llevaron a un cristianismo preocupado por el mundo y los hombres que lo habitan. No se podía dar la espalda a la realidad social. Había que comprometerse y también abrirse al mundo. El diálogo fe-cultura es una asignatura que sigue pendiente y que muestra que la fe está muy escondida. Ya no se proclama en las artes y las ciencias, como antaño. Y apenas se dialoga sobre ella en los teatros y cines. Tal vez es que ya ni se piensa en lo trascendente.

Nuestra fe se ha vuelto cosa de minorías y parece influir poco en el devenir de la historia. Pero es completamente un juicio erróneo, nuestra fe como grano de mostaza sigue creciendo sin que sepamos advertir ni cómo ni por qué. Y mientras unas órdenes religiosas parecen abocadas a la extinción y las iglesias se convierten en galerías de arte. La semilla de mostaza sigue creciendo y florece en otros continentes y en otras órdenes religiosas.

Yo creo cada día más en la fe sin complejos. En la fe que sabe poner límites y tender puentes a la vez. Una fe que no rechaza a nadie, ni siquiera a la viejecita que se pasa todos los día rezando el rosario, mientras muchos religiosos y religiosas tienen verdadero espanto en fomentar esta devoción. Fruto de años de escuchar que la fe adulta estaba en otra onda, iba por otros caminos. Y resulta que para Dios hay cosas que son tan importantes que nosotros no podemos ni tan siquiera sospecharlas. Cosas que están en lo oculto del corazón y en la rectitud de intención con la que actuamos.

La única fe adulta es la que va haciendo madurar a la persona en la gracia. No hay otro camino. Y esa fe está muy lejos de las publicaciones bajo editoriales católicas de eneagramas o manuales de parapsicología o técnicas zen. Si esa literatura la encontramos en centros religiosos no nos extrañe que la fe haya pasado de adulta a adulterada. Y que se haya quedado mortecina. Y hagamos también un poco de autocrítica. Ya no defendemos los principios cristianos entre nuestros amigos descreídos. Esto es ya una claudicación pactada para mantener las buenas relaciones. Y es un error enorme porque le hace ver al otro lo poco que nos importan los principios que decimos profesar.

La providencia siempre es fabulosa, la caricaturas de Charlie Hebdo nos han mostrado unas polémicas interesantes, y también han permitido establecer límites que algunos se niegan a asumir. No podemos oponernos contra determinadas leyes aunque asesinen niños. Pero se puede blasfemar en nombre de la diosa libertad. Somos así de contradictorios. Y llevar este debate a la calle es una muestra de nuestra fe adulta, que se opone al dictado de lo correcto según los mass media

Estamos obligados a defender los límites que han estado rompiendo gobiernos sin ética ni principios. Y hacerlo de manera pacífica en nombre de un Dios que hecho hombre también sacó el látigo para azotar a los mercaderes. De un Dios que perdona y es misericordioso, pero espera el arrepentimiento y el cambio de conducta. El Dios buenista de quienes proclamaban esa fe adulta ha hecho que el mundo confunda misericordia con permisividad.

Dios es amor, pero nadie ha dicho que el amor no duela, no exija, no imponga sacrificios, no nos lleve más allá de lo razonable hasta perdonar al enemigo. Dios que es amor ha venido a enseñar por medio de su Hijo que es el Camino, la Verdad y la Vida, que el Reino de Dios tiene unos valores opuestos a los reinos de este mundo. Y no predicar sobre ello, nos convierte en cómplices de la frialdad religiosa que hay en nuestra sociedad.

Más debate, señores, necesitamos más debate sobre el día y la noche, la luz y las tinieblas; el cielo y el infierno. Al que muchos han arrancado de su mente para evitar la imagen de un Dios castigador. Sin embargo, la noticia clara de los Evangelios es que vendrá a juzgar a unos y otros. De manera que no estamos para convertir el cristianismo en celebraciones guay de las que los jóvenes se alejan con buen sabor de boca pero sin haber conocido en profundidad la fe que debieron conocer. El camino hacia la fe adulta, por tanto, es el de siempre: el de la santidad. Maravilla pensar que Jesús, José y María eran trabajadores del pueblo. Maravilla pensar que en lo cotidiano y en el día a día esa fe se va haciendo adulta en la medida que es permeable a la gracia.

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Acerca de Carmen Bellver

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