“La confesión no es ir a la tintorería a que te quiten una mancha”

Este Papa deslenguado construye titulares con su estilo coloquial. Titulares que unos interpretan de un modo u otro, pero que no dejan indiferentes a nadie. Su último viaje a Asia lo ha demostrado. Especialmente cuando se sitúa en la prueba de fuego de responder de modo espontáneo a los periodistas. Ciertamente la confesión es una de las gracias del catolicismo. Pero tiene una especie de leyenda negra sobre sí misma. A mi juicio se explica mal y también se confiesa mal. Pero es que no hay demasiado interés en los púlpitos por llamar a la gente al confesionario. Temen espantar a la parroquia con costumbres que se han convertido en ritos puntuales de la fe. La Iglesia exige al menos la confesión una vez al año.

Debo admitir que a mí también me cuesta confesarme. Especialmente porque casi siempre caigo en el mismo pozo de las cuentas del debe y haber. Una se preocupa por ser reiterativa. Teme no crecer en la gracia. Casi se exige que ese rato inclinada rogando perdón a Dios produzca un fruto espectacular. Nos volvemos repetitivos pero cuando un sacerdote tras hablar con él de tus miserias te dice que sigas así y que no dudes que vas por buen camino, la puerta de aire fresco se abre y respiras con todos tus sentidos. Si además pide que reces por los sacerdotes, entonces sabes que estás ante el representante de Cristo en la Tierra.

Buenas y malas experiencias en los confesionarios todos las hemos tenido. Por eso habría que retomar las palabras de Papa Francisco y dejar claro que no vamos a descargar la mochila para que todo siga igual. “No vamos a la tintorería a que nos quiten una mancha”. Tenemos verdadero propósito de enmienda. Y si nos cansa repetir las misma cuentas de conciencia, el espíritu de infancia es el mejor aliado. Estamos en manos del Señor quien nos gobierna con suavidad y a veces pide algo tan sencillo como que obremos el bien y nos apartemos del mal.

Luego viene saber distinguir lo uno de lo otro. Como cuando San Pablo habla del himno a la Caridad 1 Corintios 13-1-13. Los grandes pecadores que han sido grandes conversos han encontrado en la confesión a ese Padre que les hace fiesta en el reencuentro. Que les abraza incondicionalmente. Y acudir a recibir un abrazo es mucho mejor que suponer que vamos a contar cosas íntimas a otra persona. Sé de muchos que no se confiesan porque no creen que se produzca ningún efecto con hablar al sacerdote y pedirle perdón. Tampoco soportan el acto de humildad que es previo a inclinarse a quien es el representante de Cristo en la Tierra. Pero yo animaría a que no claudiquen en una primera y última confesión. Hasta los mismos santos como Teresa de Jesús tuvieron reparos con determinados confesores y buscaron a quien les hiciera crecer en la fe. Esa es la principal motivación. Recibir la gracia y la fuerza suficiente para vivir como cristiano.

Tal vez se ha olvidado el confesionario en la misma medida que la conciencia se ha vuelto laxa y ya nada es pecado. En la medida que se olvida que el cristiano tiene como meta la santidad de vida y que no es uno más como el resto. Aunque tenga que pasar como uno de tantos, como paso Jesús entre los suyos. El cristiano está marcado para evangelizar a los demás para llevarles la alegría de la fe. Y para ese camino se necesita transitar con una vida donde la oración y los sacramentos estén presentes. Aunque ya sabemos que nos juzgarán en el amor, no confundamos que ese amor son sólo las obras de misericordia. Hay mucho más por el camino.

“La vida moral también es un culto espiritual” así lo proclama el catecismo. Y hoy es fácil se abducidos por comportamientos inmorales, que se convierten casi en un estilo de vida. Por eso llama la atención que mientras a los primeros cristianos les identificaban por cómo vivían, hoy nosotros pasemos desapercibidos o seamos, a lo peor, anti-testimonio para los demás. La confesión de los pecados requiere conocer primero la fe que profesamos, admitir que hay ofensas graves hacia Dios. Ofensas que a veces se producen en nuestra relación con los demás. Y tener un cierto acto de contrición, que en definitiva es la resolución de no volver a pecar. Y especialmente tener el deseo de amar a Dios y a los demás, pese a nuestros defectos personales. Las obras buenas que llevan el sello de los sobrenatural, que están bendecidas por Dios, son las que atraen a los hombres a la fe y a Dios.

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Acerca de Carmen Bellver

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