Reflexionando sobre una pregunta del Sínodo de las Familias

De entre las 46 preguntas del cuestionario que el Papa plantea para el próximo Sínodo sobre las Familias, llaman la atención algunas, más que otras. Todo el cuestionario sobre la familia merece a mi juicio un diálogo fecundo entre quienes deseen responder a sus preguntas. Diálogo necesario con otros laicos que viven el drama de la secularización de la sociedad y que responde en el fondo a la pregunta decimotercera del cuestionario: ¿Cómo es posible concebir la familia como «Iglesia doméstica» (cf. LG 11), sujeto y objeto de la acción evangelizadora al servicio del Reino de Dios?

El otro día me hablaban de las confirmaciones en un colegio religioso. En todo el Centro se van a confirmar 20 alumnos. Y es un buen año, según me dicen. La inquietud me golpeó fuertemente. ¿Qué sucede en las familias para que sus hijos al dictado de la libertad de conciencia no deseen recibir el sacramento de la confirmación?. ¿Ha fracasado el colegio o éste está luchando contra algo más fuerte y de lo que no puede sustraerse?.

Puedo entender que de una parroquia sólo salgan 20 jóvenes, pero que de un centro religioso surjan estos datos me hace pensar que “la Iglesia domestica” no ha existido nunca en esas familias. Que jamás han estado por la labor de ser sujeto de evangelizadores al servicio del Reino de Dios.

Y si la pirámide se desplaza no podemos responsabilizar a los catequistas, ni siquiera al mismo centro religioso que se desvive por ilusionar a sus alumnos y busca de manera desaforada el modo de trasmitir la fe. Porque es en la familia donde se vive ese proceso de manera operativa. No basta con dejar a los hijos en un centro religioso y cumplir semanalmente con el precepto de oír misa. Ni siquiera con intervenir en la educación de manera directa. El fallo es de raíz. La fe está como mucho en hibernación en esos hogares.

Probablemente la pastoral matrimonial sea mas necesaria hoy que las catequesis de confirmación. A la postre, la vida adulta en la fe ya comienza con la comunión. Por tanto ir al sacramento del matrimonio con la idea de construir una Iglesia doméstica supondría de entrada desechar miles de parejas que acuden a los cursillos para cumplir con el expediente. Miles de parejas que tampoco han sido educadas en la fe o la viven de una manera sociológica sin el verdadero encuentro con Cristo Resucitado.

¿Cómo van a ser estas parejas Iglesia doméstica, ni evangelizadores al servicio del Reino de Dios?. Si de entrada ni siquiera saben en qué consiste esa gracia del matrimonio indisoluble. Ni creen en la misma. De facto son matrimonios que podrían pedir la nulidad, como han venido haciendo los asesores de famosos al pasar por el Tribunal de la Rota.

¿Vale eso para rebajar las exigencias y considerar que una vez rehecha su vida con otra persona tienen derecho a comulgar?. Este es otro de los temas candentes del Sínodo de la Familia

Pero es que a mi me preocupa lo sustancial. No se forman familias que tengan por objetivo ser Iglesia doméstica, son minoría y si preguntamos en la calle a los miles de casados por la Iglesia veremos que nos falta cultivar el jardín de la familia donde florecen los hijos de cuya educación en la fe no se puede delegar en la escuela.

Es cierto, como dice el Papa Francisco que la fe es una gracia, no se consigue la conversión si no actúa Dios. Pero la predicación y la evangelización es una llamada de laicos y presbíteros. No se puede dejar que la parroquia sea un expedidor de sacramentos. Con unas actas notariales con registros que no sirven para nada. Porque falta en la mayoría de las parroquias relevo generacional.

De manera que la pregunta vuelve a llevarnos a formar esas pequeñas comunidades parroquiales que van creciendo en la fe y no se limitan al recepto dominical y al cumplimiento de los sacramentos por mera costumbre sociológica. La virtud de crear esas pequeñas comunidades también debe pedirse en oración constantemente. Porque la mies es abundante pero los trabajadores son pocos. Rogad al dueño de la mies que envíe trabajadores Mateo 9, 32-38

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Acerca de Carmen Bellver

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