Cuaresma: el manantial de la esperanza

Hemos entrado en Cuaresma y parece que eso del ayuno, la abstinencia y la limosna, no está de moda. Al parecer convierten este tiempo de ornamentos morados en un tétrico paréntesis a la espera de la Pascua. En definitiva aquello por lo que somos cristianos, puesto que creemos en la Resurrección y el triunfo de la vida frente a la muerte. De manera que muchos insisten en pasar página. Sin embargo, este tiempo es precioso, por la oportunidad que nos ofrece de vivir de manera más entregada al prójimo. Por convertir nuestros ayunos no sólo de alimentos, que también es recomendable en una zona donde la sobre-alimentación se pesa en kilos. Pero es bonito pensar en el ayuno de aquello que más me cuesta. En ocasiones no utilizar la crítica fratricida, la murmuración envenenada, es un buen comienzo. No abusar de los espectáculos que nos alejan de Dios, que nos distraen de la oración. Tiempo por tanto para compromisos con el Señor.

No entiendo por qué la gente especula con estas recomendaciones de la Iglesia que son como decía el Evangelio de este domingo la entrada en nuestro propio desierto. En definitiva buscar momentos de soledad para adentrarnos en aquello de lo que tal vez estemos necesitados de liberación. Tiempo por tanto para las cuentas de conciencia, si es que esto no se ha quedado también desfasado. Por aquello de que en definitiva siempre estamos en el mismo punto de partida, y con las mismas de siempre.

El Evangelio de hoy( Mateo 6, 7-15) es muy claro cuando habla de entrar en nuestra habitación y no ser muy palabreros, porque el Señor ya sabe lo que nos conviene. Hoy nos vuelven a enseñar la oración del Padre Nuestro, que me permito desmenuzar. En primer lugar santificamos a Dios a quien sabemos que es lo más grande que hay. Y luego le pedimos la gracia de que venga su Reino, que siempre es de justicia y de paz. Nos damos cuenta que hacer su voluntad es el camino seguro de la santidad y se lo pedimos con sencillez. A continuación le pedimos el pan nuestro de cada día. No sólo el alimento cotidiano sino también el espiritual. Para seguir suplicando que nos perdone y nos enseñe a perdonar a los demás. Le rogamos que no nos deje caer en la tentación, que no es una sino un rastrillo interminable que ahora en Cuaresma podemos ir detectando. Y desde luego le pedimos que nos libre del Maligno, del mal en mayúsculas.

Y esa magnifica oración, desmenuzada y orada desde el corazón es todo el compendio que necesitamos para entrar en conexión con Dios. Por supuesto existe la oración mental, la meditación y las prácticas de piedad habituales. Pero donde se entone un buen Padre Nuestro la gracia se derrama alrededor del orante. Pedimos por nosotros y por los demás. Y luego están esas obras cotidianas del hacer y deshacerse por los demás, que son de nuevo una buena ocasión de oblación. No es que la Cuaresma sea algo penoso y triste. Porque la gracia de vivir volcados hacia Dios con las prácticas habituales de entrega y donación,no nos convierten en seres avinagrados, muy al contrario, se trata de ser más libres cada día. Menos atados a los yugos mundanos. A las esclavitudes de la moda u otro tipo de fardos que pesan y de los que hay que soltar lastre.

Pues bien, seamos de los que nos tomamos la Cuaresma en serio y con alegría, como tiempo en que se vive mas intensamente la fe a la espera de ese gran acontecimiento de la Pascua. Yo al menos lo veo como una gran oportunidad para intensificar la relación con Dios desde el compromiso personal. Y me pregunto si no es que muchos desean sencillamente danzar y cantar sin pasar por la prueba del desierto que es la que el mismo Jesús llevado por el Espíritu deseo realizar. Algo tendrán estos cuarenta días, que son necesarios para enfrentarnos a lo que tiene que venir, la prueba, el fracaso y el triunfo de la vida sobre la muerte.

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Acerca de Carmen Bellver

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