Los ricos también entrarán en el Reino de los Cielos

Cuando hablamos de conversión deberíamos admitir que la conversión de los ricos no es más difícil que la de los pobres. Tal vez así las políticas demagógicas que nos asaltan de nuevo con consignas revolucionarias pudieran comprender que el Reino de Dios es un proceso de conversión personal. Y que la riqueza distribuida con justicia no está opuesta a la salvación. Aunque Jesús dijera que a los ricos les era difícil entrar en el Reino de los cielos, el tema fundamental era el del apego a sus posesiones y la falta de capacidad para compartir los bienes con los demás. Y eso es algo que también se da en la clase media y si me apuran hasta en los más indigentes.

Nuestra sociedad de consumismo y bienestar es una sociedad rica y egoísta. En ella tiene poca cabida la fraternidad y queda más bien en la caridad de lo que me sobra. Pero el verdadero cristianismo era disponer de los bienes en común para atender a todos con equidad. En este cambio de sociedad, que mira la religión como mero hecho sociológico, caminamos hacia unas minorías que deben ser creativas para dar testimonio. Se necesitan empresas cristianas, que practiquen la justicia social. Y se necesitan políticos cristianos que hagan del bien común su máxima y divisa.

Pero también estamos el resto, los cristianos diluidos en la masa, que no nos distinguimos para nada de los no cristianos. Hemos asumido la ingeniería social que lleva años promocionándose. El aborto, el divorcio, el pansexualismo y la falta de compromiso social, son la moneda corriente de nuestro día a día. Podemos colaborar puntualmente en las Campañas de Cáritas y Manos Unidas, pero no vamos tampoco más allá, acomodados en la rutina eclesial. No vivimos pendientes de la santidad. Parece que esa aspiración ha quedado reducida a mera anécdota. Y la gracia es un don al que deberíamos aspirar como oxigeno necesario para respirar en armonía

De esta sociedad secularizada queda ahora la falta de formación en el amor al prójimo y a Dios, partiendo del desconocimiento de lo más básico, la oración y los sacramentos, que se han convertido en meros actos sociales. Si exceptuamos la Eucaristía, podríamos asegurar que el resto es ninguneado, Y ahora con el proyecto de volver a enseñar a rezar en las escuelas esta Europa laicista se lanza a hablar de adoctrinamiento. El derecho de los padres a que los hijos reciban una educación conforme a sus convicciones choca frontalmente con la histeria colectiva de que se catequice en la escuela. No parece que preocupen las arengas en las mezquitas, pero sí mucho que puedan rezar un Padre Nuestro antes de comenzar una clase. Algo habitual en la Norteamérica profunda, que ha sabido mantener la fe en las aulas al mismo tiempo que la libertad religiosa.

Los contenidos curriculares de la asignatura de religión, son los que son. Y no debería asustar que la clase comience con una oración. Es algo tan inherente a la libertad religiosa que nadie se cuestiona si un musulmán comienza el día orando en dirección a la Meca.

La cuestión sobre la salvación de los ricos y la oración en las aulas de religión me recuerdan que el Evangelio de hoy pide no juzgar y no condenar. Y vuelven a enseñarnos a perdonar para poder ser perdonados. (Lucas 6, 36-38). Demos por tanto un poco de cancha a quienes si por ellos fuera demolerían las estatuas de los santos como hacen los musulmanes últimamente con los ídolos paganos del pasado. El fanatismo, no entiende de fronteras, tampoco sabe distinguir a las personas que creando riqueza fomentan puestos de trabajo y cuidan de dar un salario justo.

Envenenar el ambiente contra los ricos o contra los creyentes en la escuela pública es, una vez más muestra de la falta de madurez democrática del país. Convertir a un rico es mucho más efectivo de lo que pueda parecer. Y enseñar a pescar antes que a vivir de la caridad es el recurso del creyente frente a la pobreza. Enseñar a gestionar cooperativa y a fomentar iniciativas de libre competencia. Pero sobre todo concienciar a la sociedad de que el camino elegido por el capital es autodestructivo para todos. De ahí que la ética del bien común y la doctrina social de la iglesia debieran participar en los debates públicos de manera que puedan influir en lo programas políticos.

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Acerca de Carmen Bellver

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