Evitar los males del mundo devolviendo el bien

En un Universo misterioso y complejo se encuentra un planeta increíblemente bello con una humanidad también misteriosa y compleja. Y Dios ama su creación aparentemente imperfecta, capaz de la armonía y el caos a la vez. Y la criatura más amada es el ser humano, capaz a su vez de lo mejor y lo peor. En un mundo así donde cabe el dolor y la muerte, hemos sido salvados por Cristo crucificado que da sentido a todo. Esa es la razón de nuestra fe. Un mundo donde el amor es un camino de aprendizaje, donde la felicidad es posible a pesar de condiciones adversas y situaciones complejas, porque hay una paz en lo profundo del corazón que nos habla de un Amor más grande y maravilloso. El creyente que se encuentra con Cristo nunca se siente solo. Vive sabiendo que la comunión de los santos es una realidad y que Dios está presente en cada uno de sus actos.

El Papa ha abierto la puerta a un nuevo Jubileo para demostrar al mundo que Dios es misericordia, que está dispuesto al perdón y al abrazo incondicional. Y lo hace porque la prueba palpable de esa amor se encuentra en Jesucristo. En un mundo que busca la felicidad en sucedáneos que dejan vacío el espíritu, el cristianismo nos ofrece una propuesta de vida radical y diferente. Con unos valores que no se ajustan a los cánones del éxito, la fama y la gloria mundana. Los contra valores, son la humildad, el trabajo oculto y sencillo pero bien hecho y la búsqueda de la felicidad del otro. No de la propia satisfacción.

Poner lo que somos al servicio del Reino es dar lo mejor de nosotros mismos como miembros positivos de la sociedad. La elección está clara: mientras unos destruyen otro construyen. Mientras unos crean sufrimiento otros reparten bondad y dan calor a una humanidad herida con el frio de la indiferencia. El reto siempre se encuentra en enseñar a amarnos unos a otros, rompiendo con el pecado oculto de la envidia, la ira, la avaricia, el asesinato, el robo o cualquier otra idolatría que nos separa del amor de Cristo.

Pero nada de esto se consigue por mérito propio, sino a través de la oración y la gracia del Espíritu que nos conduce por la vida. Dios confía en el hombre, ha apostado por él. Por eso el cristiano es una persona con esperanza a quien que no es fácil derrumbar. Sabe que tiene la partida ganada, que es amado y que ha sido salvado por la luz de Cristo.

Pero, a su vez también sabe que no puede salvarse por sí mismo, necesita de la ayuda de los sacramentos, de la oración, de la Iglesia. Somos un pueblo que sigue caminando hacia el Reino celestial. Nuestra meta. Mientras tanto los conflictos del mundo intentarán ahogar la esperanza; procurarán ocultar el amor; nos dejarán con la sensación de que sus reglas son las que valen para funcionar por la vida. Aunque todo eso sea falso.

Como dice el Papa Francisco en su mensaje de Cuaresma, Santa Teresita de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima:  Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta254,14 julio 1897). De manera que nosotros tampoco podemos estar inactivos mientras exista dolor y sufrimiento, es nuestra obligación evitar los males del mundo devolviendo el bien. El arma más poderosa que posee el cristiano, devolver el mal con bien. Y un aparente fracaso que lleva al verdadero triunfo.

Por eso la cuaresma sigue siendo un camino de conversión que nos recuerda lo pecadores que somos y lo lejos que estamos de dar la talla. “Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.( Juan 3, 19-21).

Acerquémonos a la luz desde donde podamos ser instrumentos de la voluntad de Dios para construir un mundo más fraterno.

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Acerca de Carmen Bellver

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