San José custodio de Jesús y María

Me gusta enormemente la figura de San José y en especial la vida oculta de Nazaret, todo ese tiempo de familia normal, de vecinos, de esposos, de padres. Esa vida es la que llevamos la mayoría de personas y donde podemos advertir las mejores virtudes del cristiano. Que a los ojos de Jesús siempre parecen estar en las pequeña cosas, en lo cotidiano. La santificación personal, no pasa por hacer grandes obras. Esas proceden de Dios que obra en nosotros. Pero la santificación personal está en lo cotidiano llevado con amor.

San José pasa por el Evangelio como un rumor sonoro de aguas cristalinas. Dejando lo mejor de sí mismo en apenas dos escenas. La aceptación de la voluntad de Dios en una paternidad. Y el cuidado de su familia durante años. No cabe duda de que ambos esposos se amaban. Fue el misterio del Espíritu quien les puso a prueba. Y los dos supieron optar por Dios. Esa es la grandeza de ambos. Hoy cuando la vida está manipulada por las escenas de los mass media. Cuando la agenda social se impone como derecho sin mayor discernimiento. La familia de Nazaret sigue siendo el modelo para cualquier creyente. Ellos se mantuvieron firmes en su fidelidad a Dios.

En esa vida no hay grandes acontecimientos, milagros, escenas maravillosas. El silencio sobre Nazaret hace patente que Jesús crecía al cuidado de sus padres como cualquier niño. Tal vez le comunicaron que Él era obra del Espíritu y de hecho se reveló como Hijo de Dios cuando se perdió en el Templo. Allí vemos que Jesús en esos años ocultos seguía estudiando las Escrituras y cumpliendo como buen judío. Será María quien le anime a ejercer su autoridad de Hijo de Dios en las bodas de Caná. Y tras ese milagro encontramos que comienza en serio la vida pública de Jesús. No sin antes pasar por la prueba del desierto. Lo que cuenta Juan en los evangelios antes de las bodas de Caná, es el encuentro con Juan el Bautista y esos primeros discípulos que se adhieren a su persona.

De San José no sabemos nada. Como de la vida de miles de creyentes que son como José hombres y mujeres de Nazaret, de lo oculto, de lo cotidiano. Sin otro proyecto en su vida que ser padres de familia y ciudadanos de bien. Pero con una profunda vida de oración e integración con Dios. Capaces de vivir entregados al Señor las veinticuatro horas. Ese es el modelo que nos presenta la Iglesia como familia.

Y pese a que los rumores hablan de una María violada, de unos hermanos de Jesús, de las dudas sobre su virginidad. Toda esa teología revisionista que nos quiere depauperar a la Familia de Nazaret. Nosotros creemos firmemente en el contenido de las Escrituras. La castidad de San José y de María no tiene por qué ser puesta en duda. Porque existe el amor casto y porque Jesús hizo la misma opción vital. Algo revolucionario en su contexto, ciertamente pero, ¿no es cierto que la vida cristiana tiene algo de revolucionaria, de contra-cultural, en el sentido de apartarse de los valores del mundo para vivir ceñidos a los valores del Reino?.

La Iglesia es la familia doméstica de todo creyente. Allí nos somos hermanos unos de otros. Allí nos presentamos como pecadores para que el Señor nos otorgue su misericordia. Y allí aprendemos a amar a los demás según las Escrituras. Como se expresa en (Gálatas 8-10) “El que cultiva los bajos instintos, de ellos cosechará corrupción; el que cultiva el Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna. Por lo tanto no nos cansemos e hacer el bien, que, si no desmayamos a su tiempo cosecharemos.
En una palabra: mientras tenemos ocasión, trabajemos por el bien de todos, especialmente por la familia de la fe”.

Y con toda seguridad San José trabajó por la familia de la fe durante toda su existencia. A él nos acogemos para que nos proteja en nuestro caminar diario. San José custodio de Jesús y de María, patrono del día del seminario que proteja también a todos los ordenados y suscite vocaciones.

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Acerca de Carmen Bellver

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