Creemos en la historicidad de la Resurrección

Acercar la Iglesia al mundo moderno ha sido siempre un reto que el mismo Concilio Vaticano II, trató de soslayar. Parece que hay un salto en el vacío para algunas personas al adherirse a la fe. No les cuadran los dogmas y los esquemas rígidos de la Iglesia. Apuestan por la libre interpretación, tan al uso protestante. Y entre el estudio serio de los teólogos que hacen de su ciencia un encuentro entre el hombre y Dios, también los hay que tras la pérdida de toda referencia, se dedican a cuestionar la fe que proclama la Iglesia Católica. Con sutiles metáforas y circunloquios sorprendentes. Y de esa guisa tenemos profetas de la nueva era que no admiten la resurrección histórica o que no creen en la historicidad de algunos acontecimientos del Evangelio.

Yo me limito a puntualizar que el Catecismo no es un corsé, sino una guía para mayor profundización de la fe según la Tradición. Todo el mundo puede ir a las fuentes y contrastar pareceres. Por motivos obvios de trabajo personal, no todos disponemos de horas de estudio, que muchos ofrecen con plena dedicación. Sin que esto sea un motivo de mayor rigor, ni mayor fe, ni mayor vida de probada integridad. Pero si que es cierto que la confianza forma parte de la buena fe.

En realidad la teología que todos queremos es encontrarnos con personas que son testimonio viviente de lo que dice el Evangelio. A veces nos sobra la palabrería y nos falta la gracia de saber trasmitir la fe con sencillez. Por eso entre un intelectual y un hombre o mujer de oración y compromiso, yo preferiré siempre al segundo. No digo que el primero no sea importante, pero en la Iglesia quienes hacen verdaderas revoluciones suelen ser tipos en apariencia grises a los que la gracia convierte en motor de grandes cosas.

Los sabios y entendidos no quedan en muy buen lugar en los Evangelios, parece que se suelen armar un gran lío cuando se encuentran con Jesús y a la larga no le reconocen. Algo de esto pasa con la última teología de algunos que han sido nombres de referencia de la cultura religiosa. Hombres que han enseñado en Facultades, que tienen una gran obra a sus espaldas. Seguramente no toda desechable. Pero en algún momento han traspasado la línea que los separa de la Iglesia Católica. Al menos de las enseñanzas que todos debemos respetar.

Me pregunto si no han entrado en el debate estéril de las palabras a las que les falta una buena dosis de encuentro a solas con Dios. No lo sé, pero creo que el diálogo fe cultura no se lleva a cabo participando conjuntamente con todo tipo de espiritualidades, sin mayor discernimiento. Porque lo queramos o no, al hacer profesión de la fe consideramos que es la Iglesia Católica la llamada a llevar la salvación a los hombres. Sin esa premisa todo se queda en un diálogo de besugos, donde no se puede llegar a otra meta que la propia confusión.

Hoy parece que ya no es importante convertir a la fe de Cristo a nadie, porque la salvación se encuentra en cualquier religión. Este sincretismo está haciendo un daño terrible en la juventud, que termina por claudicar de cualquier fe, para ser como mucho hombre “buenos”, que se salvan por sus obras. Y esto nos devuelve a las herejías del pasado y al relativismo más simplón. Al que por cierto ayudan algunos teólogos de esas hornadas de las que hablaba al principio.

No dudo de la buena fe de los hombres y mujeres de estudio. Pero me preocupa que sus ideas lleguen a los púlpitos o a las reuniones semanales de la parroquia. Y esto sea un permanente baile de la confusión. Sin embargo, admito que se abran puentes y debates, con respeto. Salvo que es difícil que en esos debates no surja disfrazado el error con buenas intenciones, pero error en definitiva.

Si algo debe defender la Iglesia es la Verdad que durante generaciones se mantienen entre nosotros. Las modernidades relativas a negar la historicidad de los Evangelios e incluso de la Biblia, son perniciosas, aunque todos seamos conscientes de que hay capítulos que tienen mayor simbolismo que otros. Pero Cristo murió y resucitó, se apareció y dejó tocar por sus discípulos; comió junto a ellos. Quien ponga en duda estos hechos diciendo lo contrario, está elucubrando y haciendo encajes de bolillos con lo más fundamental de nuestra fe. Con todos mis respetos para quienes creen obran en conciencia cuando actúan de este modo que incluso ponen en duda la formación de obispos en materia de cristología.

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Acerca de Carmen Bellver

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