“Asi como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”

Es uno de los preceptos que todo cristiano practica o debiera practicar. Sin embargo, la dinámica de la vida diaria te enfrenta con gente que nunca está dispuesta a perdonar. Ese tipo de gente que tiene como máxima o conmigo o contra mí. El perdón, no obstante, es el puente de plata de diálogo y el entendimiento. Cuando hay un rifirrafe la voluntad de solucionar los conflictos inevitablemente debe llevar al perdón. Aunque éste no exima del deber de defender los propios derechos.

Pero el perdón siempre es sanador. Quien vive emponzoñado en el rencor y el odio, jamás logrará salir de la espiral de violencia en la que se ha metido. Con el agravante de que será más víctima que verdugo, por muchas venganzas que intente imponer a los demás. Hoy un nazi y una víctima de los campos de exterminio se abrazaban en un acto fraternal en la que la víctima perdonaba a su verdugo. Habían pasado 70 años desde entonces y ninguno olvidaba. Pero había voluntad por parte de la víctima de pasar página. Recordamos todos en el Holocausto como la filósofa  Hannah Arendt habló de la banalidad del mal.

Sin embargo, siempre hemos tenido dudas sobre qué hacer cuando veíamos que otros eran objeto de abuso. El derecho a la legítima defensa nunca puede delegarse cuando se trata de otros. La famosa frase de Bertolt Brecht es contundente en este sentido: “Primero vinieron a buscar a los comunistas, y yo no hablé porque no era comunista. Después vinieron por los socialistas y los sindicalistas, y yo no hablé porque no era lo uno ni lo otro. Después vinieron por los judíos, y yo no hablé porque no era judío. Después vinieron por mí, y para ese momento ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí.”

La defensa de los débiles sobre los prepotentes debe ser una prioridad cristiana. No podemos dejar abandonados a quienes no saben o no pueden defenderse. Algo hay que hacer cuando suceden hechos significativos que merecen una respuesta por nuestra parte. Pero, no obstante, mantener la mente fría para no dejarse llevar por sentimientos encontrado, es el camino que puede solucionar conflictos.

En nuestros políticos hemos visto ese chulesco desplante de y tú más, que nos ha llevado a aborrecer su figura. Porque sin solucionar problemas se enfrascaban en un mutuos reproches y acusaciones que no llevaban a ninguna solución. La vocación del diálogo lleva, en cambio, a tender puentes sin rencor. A buscar soluciones por encima de intereses propios, a velar por el bien común, especialmente cuando se está al frente de un cargo determinado.

Los obispos españoles también han pedido perdón. Aceptar su buena voluntad es un acto de justicia. Y nos gustaría que otros también supieran pedir perdón de cada uno de sus actos, si no han sido afortunados o han ocasionado perjuicio a alguien. Ese es el camino del encuentro que nuestra sociedad necesita y no merecemos que quienes se dicen nuestros representantes nos lleven por la senda del enfrentamiento y la inquina.

Las hemerotecas están llenas de frases que podemos extrapolar y debieran avergonzar a quienes la dijeron. Pero no sucede nunca que tales personas se sientan aludidas por sus propios errores. Lamentablemente la dosis de orgullo y prepotencia domina la vida social de nuestro país. Y buena ración de perdón y mano tendida abriría muchas más puertas para el entendimiento y el diálogo.

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Acerca de Carmen Bellver

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