El 1º de Mayo y las crisis

En el día del trabajo vaya mi homenaje a quienes ya próximos a la edad de oro han estado contra viento y marea peleando en esta sociedad, llena de crisis. Porque no olvidemos que la primera crisis del petróleo fue en el lejano 1973 en pleno franquismo. Y luego le sucederían otras que llevarían al inevitable cierre de empresas, paro y dificultades. Sólo el brillo opaco de los ochenta y noventa con toda la suciedad que escondía bajo las alfombras, hizo que España pareciera algo nuevo. Llegaron las Olimpiadas, La Expo de Sevilla, El Mundial. Acontecimientos que nos hacían sentirnos protagonistas de la historia. Pero por el medio se había sembrado la codicia. El deseo de dos viviendas, las pre-jubilaciones escondiendo el trabajo en negro de miles de éstos privilegiados, que no dudaron en caer en la misma corruptelas que venimos ahora achacando a otros. Claro que a eso alguno le llaman el espíritu del esfuerzo, la ley del espabilado.

Luego paso lo que paso, que los bancos, muy cucos, cogieron los ahorros de quienes habían sudado la gota gorda y les timaron con premeditación y alevosía. El Estado calló y sigue siendo partícipe de esta hecatombe de miles de familias, que todavía no se han repuesto del golpe que supuso perder sus ahorros.

Hoy día 1 de mayo fiesta de San José Obrero, a una le queda la sensación de que la verdadera crisis económica es una crisis de valores, de ética, de responsabilidad. La sensación de que todo el mundo quiere ser rico, famoso, promovida por los medios, ha suprimido aquella excelencia en el trabajo que poseían por ejemplo los antiguos gremios. Donde quien mejor calidad ofrecía, más honestidad mostraba.

El día del trabajo es tiempo de reivindicación una fiesta que conmemora la lucha por las ocho horas, qué lejos quedan hoy en día cuando tantos doblan las jornadas para llegar a fin de mes. Una fiesta que une a los sindicatos, poderosos y subvencionados por el Estado con el dinero de todos los contribuyentes, pero atados de manos para llevar a cabo verdaderas negociaciones con la patronal. Una casta que ya no tiene fuerza movilizadora pero que necesita sobrevivir. En sus inicios eran los propios compañeros quienes aportaban cuotas a las familias penalizadas por realizar huelgas. Hoy los sindicatos te llevan a la huelga y te cobran la cuota sindical. La diferencia parece que sigue siendo el talante y la doble moral. Pero todos andamos necesitamos de ellos para sentirnos protegidos de la arbitrariedad del poder.

Propongo que reflexionemos ante este 1 de Mayo con la cabeza serena, viendo que hemos perdido escalafón en nuestra renta per cápita, que muchos viven de la caridad, que las bolsas de pobreza van en aumento y que la crisis de valores permanente facilita la no regeneración de la crisis económica. Mientras el deseo del pelotazo sea el modelo ofrecido a los más jóvenes, tendremos una sociedad enferma en su raíz. La excelencia y la honestidad han sido devaluadas, avasalladas por todo tipo de ejemplos que son la antítesis de lo que se desea construir.

Hablamos de una sociedad más justa e igualitaria, donde las brechas de la pobreza no sean bolsas de indignidad. Pero hablamos también de la corresponsabilidad en todas las tareas para poder salir adelante. Denunciamos a quienes han convertido la economía en el único factor de transformación social, olvidando la educación, los valores, el saber ser y estar.

“Poderoso caballero es don dinero”, decía nuestro ilustre Quevedo. Mientras éste sea el único motor de la historia, olvidando nuestras raíces y valores cristianos, poco se podrán modificar la situación. Porque como bien nos dice el Evangelio “Hay que nacer del agua y del Espíritu para entrar en el Reino de Dios” Juan 3, 5-6. Y la realidad es que nacer a un mundo con otros valores de los actuales supone un plus de esfuerzo personal enorme. Esa es nuestra responsabilidad como creyentes,

Felicitemos a los trabajadores que tienen la suerte de poder disfrutar de este derecho elemental y animemos a quienes han perdido la posibilidad de mantener a su familia. Que todos sepamos estar a la altura de los acontecimientos.

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Acerca de Carmen Bellver

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