Sentirse bendecidos y saber bendecir por el padre D. José Vidal Talens

Uno de los ponentes que participará en la presentación de mi libro Al amanecer de la vida, el próximo 1 de junio, es el párroco de San Lázaro, Don José Vidal Talens, teólogo y profesor. Al que tengo la suerte de conocer y participar en sus retiros quincenales. Hoy que las cosas andan torcidas en medio mundo, nos hablaba el pasado domingo de sentirnos bendecidos y de saber bendecir a los demás, como un acto que nos abre a la apertura del amor a Dios. Os dejo con su meditación que no tiene desperdicio y que espero os aproveche en profundidad:

Seguimos con el librito de Henri J.M. Nouwen: Tú eres mi amado. La vida espiritual en un mundo secular, PPC editorial, Madrid 182012. Decíamos en los retiros pasados que nos cuesta creernos amados; encontramos resistencias para aceptar ser amadas o amados por Dios. Sostuvimos la importancia de sabernos profundamente amados, incuestionablemente amadas y amados, precisamente para poder acceder a amar a lo divino, es decir, desinteresadamente, centrados en el otro, conociendo el sufrimiento sin dejarnos caer en la angustia, volviendo una y otra vez a la confianza en Dios, en la vida y en la capacidad de mejora del ser humano; día a día. ¿Cómo llegar a poder decir con Jesús: “Esta es mi vida que se entrega por vosotros”? Se trata del Pan y el Vino com-partidos, el Cuerpo entregado y la Sangre derramada; o sea, la Vida entregada por amar. En una palabra, la persona entera, una y unificada, plena y lograda… Ésta es la que pasa por el proceso de ser: 1) persona escogida, 2) persona bendecida, 3) persona vulnerable como el pan roto o que se puede romper para ser compartido.

En el retiro anterior nos centramos en uno de los caminos que nos indica Nouwen para llegar a la convicción profunda de ser amados: aprender a gozar con ser persona escogida, elegida por Dios. Al final, os propuse un ejercicio. En un rato de oración, ante Dios, escuchar la palabra que te dirige Dios: “¿qué más podía hacer por ti que yo no haya hecho?” Al final, o le damos la razón de corazón y le damos las gracias, rendidamente, o bien, le pediremos tiempo para comprenderle.

Mientras tanto, hoy nos centramos en la “bendición”, en el ser bendecidos y en el bendecir, tema muy bíblico.
En el rito de paso de un niño al círculo de los adultos, en medio de una comunidad religiosa judía, recibió la bendición de sus padres que le dijeron: “Hijo, te pase lo que te pase en la vida, tengas éxito o no, llegues a ser importante o no, goces de salud o no, recuerda siempre cuánto te aman tu padre y tu madre”. De modo muy semejante nos llega la bendición del Padre Dios. De modo muy semejante deberíamos transmitir la bendición a nuestros hijos hasta el punto de sentirse bendecidos por tener unos padres así.

¿Qué es bendecir? Literalmente sería decir algo bueno sobre alguien. ¡Cuánta necesidad tenemos, niños, jóvenes, adultos…, de escuchar cosas buenas sobre nosotros! Pero en su pleno sentido, bendecir es derramar, participar, invocar, el Espíritu de Dios sobre alguien o algo; es convertirlo en algo sagrado, agraciado, valioso, enriquecido, único, afirmado y reforzado en sus capacidades, quedando con las pilas bien recargadas. Bendecir es desearle que sea él capaz de bien, de recibir bien y de hacer el bien. Es lo que pensamos cuando alguien ha sido bendecido, que como ha recibido tanto amor pueda dar a su vez mucho amor.

¿Qué nos pasa que no bendecimos? ¿Qué nos pasa que no recibimos las bendiciones que nos llegan? ¿Y podemos pensar en serio que no hemos sido bendecidos?

Nouwen cuenta que una, y luego otra, y otra, de las personas discapacitadas con las que convivía, le pidieron ser bendecidas, y que ese gesto le hizo recapacitar en que la bendición no podía ser algo trivial sino que debía ser algo muy importante, a impartir con todo su corazón. La bendición que él impartió era como la de un abrazo profundo, intenso y prolongado, de modo que el bendecido experimentara que era objeto de todo el amor que él podía recibir. En la bendición el creyente debía experimentar que le alcanzaba todo el amor de Dios, ni más ni menos.

No pasemos por alto el gesto del abrazar profundo a otra persona y del dejarse abrazar, o sea, el recibir el abrazo; pues vemos que no siempre se “recibe” el abrazo que le están dando a uno. Puede ser un abrazo falso o traicionero, pero eso pronto lo captamos y no nos crea problema, sólo nos da pena que la gente sea insincera o hipócrita y se atreva a dar un abrazo. Lo que me crea problema es que nos llegue un verdadero abrazo y nuestro corazón esté en otra cosa, o se nos haya endurecido hasta el punto de defendernos del amor, de no creer en el amor.

Pueden darse “bendiciones” con palabras, lo hacemos en la liturgia, y también sin palabras, que es lo más frecuente en la vida ordinaria. Imaginemos que recibimos un abrazo, o una mirada, o una sonrisa, o un apretón de manos… que fuera de bendición. Imaginemos que el gesto nos está diciendo:

“Janet, quiero que sepas que eres una hija amada por Dios. Eres preciosa a sus ojos. Tu maravillosa sonrisa, tu bondad con las personas y todas las cosas buenas que haces, me dicen lo maravillosa persona que eres. Sé que te sientes un poco deprimida estos días, o disgustada, o…, y que hay cierta tristeza en tu corazón; pero quiero que recuerdes quién eres: una persona muy especial, profundamente amada por Dios y por todas las personas que estamos contigo”.

“John, o Alicia, o…, es una suerte tenerte con nosotros. Tú eres el hijo/a amado/a de Dios. Tu presencia es un gozo para todos nosotros. Cuando las cosas se te pongan difíciles, y la vida te parezca una carga, recuerda siempre que eres amado/a con un amor eterno”.

Son palabras de Nouwen, podrían hacerlas nuestras para con otra persona. ¿Pero no os parece que somos muy parcos en palabras semejantes? ¿Por qué no nos sale decir palabras así? ¿No lo sentimos, no lo deseamos así para nadie? Si lo pensamos bien, sí que hay alguien, o más de uno y de dos, a los que quisiéramos hacer llegar este mensaje del corazón. No pasa tanto si no nos salen las palabras, ¿con nuestros gestos hacia el otro, no podríamos hacerle experimentar la bendición que pronunciamos sobre él?

Y viceversa. ¿De verdad que no nos alcanza ninguna bendición ni de palabra ni con gestos? Si es así, no es tan grave porque quizá sólo es que no las percibimos; pero entonces deberíamos pedir una bendición a quien nos lo pueda entender porque nos ama.

Es importante que aprendamos a identificar lo que es una bendición. Siempre puedes contar con Dios; y no habría que salir corriendo al final de la misa cuando nos alcanza la bendición ritual. Quizá también se la puedas pedir a algún sacerdote o persona que pueda comprender lo que necesitas. Más arriesgado es pedir dicha bendición, con palabras o sin ellas, a una persona de la que puedes esperarla, pero que no está leyendo en tu corazón. Amigos, parejas, compañeros, hijos, padres, personas con las que empatizamos…, deberíamos comprender que a veces se nos está pidiendo una bendición, y que en ese momento se nos pide que seamos cauces del amor compasivo de Dios para con dicha persona, pero cauces expresivos. No vale el ya sabes que te quiero, aun siendo así y no pasando por una crisis en la relación. Hay que saber que nuestro cariño seguro no basta a veces; hay que invocar al Espíritu, hay que invocar el amor de Dios sobre esa persona y disponerse a hacérselo llegar. Por eso hablamos de bendecir, un acto de amor humano y divino, un acto de hombres y mujeres de fe, creyentes.

Lo hacían, y lo pueden hacer aún, los padres cuando despedían a los hijos que marchaban. Lo han hecho, y lo podemos hacer, las parejas o amigos cuando nos despedimos o cuando nos recibimos en el encuentro. Lo podemos hacer con tantas y tantas personas. Pero no banalicemos la palabra bendecir. Para ello debemos ser conscientes de que deseamos bendecir e invocamos a Dios sobre el otro. Esto significa un compromiso fraterno con el otro, un vivir por el otro, en favor del otro.

Abrahán, Sara, Isaac, Rebeca, Jacob, Lea, Raquel y otros, experimentaron la bendición de Dios. Jesús mismo, después de hacerse bautizar por Juan el Bautista, escuchó y recibió la bendición del Padre: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. Y si en Abrahán fuimos bendecidas todas las generaciones de creyentes, más aún en Jesús, el Hijo de Dios, fuimos bendecidos los hombres y mujeres creados a imagen del Hijo. En Jesús, el Padre contemplaba a cada uno de nosotros e iba pronunciando: “Tú eres mi hijo amado, amada…”. En Él ya fuimos bendecidos.

Luego Jesús, a su vez, no dejó de bendecir a Dios y a los hombres y mujeres, y hasta los niños. “Bendito seas Padre del Cielo porque has revelado los misterios de tu amor a los pequeños”. “Bendita tú que has creído”. “Benditos vosotros los pobres, los que lloráis, los que sentís hambre y sed de justicia…”. “Tu fe te ha curado, ve en paz”. “No temáis, Soy Yo”. “Bienaventurados los que han de creer aun sin haber visto”.

Sabernos siempre bendecidos, renovar día a día la bendición, puede ayudarnos a llevar mejor cada día y los cambios de humor o de ánimo que nos sacuden. “Cuando somos zarandeados por las pequeñas o grandes olas que se dan en la superficie de nuestra existencia, nos convertimos en víctimas fáciles del mundo y de sus manipulaciones al servicio de otros intereses. Pero si continuamos oyendo la voz suave y honda que nos bendice, o recibiendo el abrazo que nos bendice sin palabras, podemos avanzar por la vida con un sentido estable de paz interior, y desaparece la necesidad de salvarnos a toda costa, a costa de los otros. Porque estamos siendo afirmados y sostenidos por otros, por el Otro. Asentamos bien en la roca firme de la bendición eterna de Dios.

¿Es posible que en muchos momentos de nuestra vida nos hayamos sentido más desgraciados que bendecidos? Pues sí que es posible. ¿Es posible que alguien haya llegado a maldecirse por haber nacido, por haberse casado o por no haberse casado, por haber escogido una profesión, por haber perdido un trabajo, por haberse puesto todo en nuestra contra, por haber fracasado? Es posible. Dios lo tuvo que escuchar ya de Job y de otros muchos.
A veces no es algo nuestro lo que nos hace desgraciados, sino todo lo que contemplamos en nuestro ancho mundo. Si seguimos los noticiarios (y no podemos aislarnos), nos costará ver la bendición de Dios, si no vamos más allá de la noticia y nos situamos en el mirar de Dios a nuestro mundo que es amar; si no vamos más allá de las muertes y violencias, y levantamos la mirada a los cielos para contemplar cómo recibe el Padre y el Hijo a cada uno de los que mueren con el abrazo cálido de su Espíritu Santo

A veces puede que algunas personas, por todo lo que han vivido y padecidos, escuchan voces internas que les llaman malos/as, inútiles, sin valor alguno, abocados ya a la muerte, o también algunos por sus culpas se sienten corrompidos o hundidos por tanta acusación; ¿ya no será posible la sanación, la curación, la salvación de dichos sentimientos destructores? La protesta no permite contemplar la bendición.

Pero, al final, después del grito de rebeldía, por justificado que esté, habrá que reconducir los sentimientos para ver que no se ha borrado la bendición sobre nosotros. Nouwen propone dos vías de recuperación de la bendición: la oración en silencio y el vivir la presencia.

La oración. Él pide una media horita al día para escuchar la voz del amor. No tenemos ese tiempo, no lo hacemos, y así nos va, quejándonos sin parar por una cosa y la otra. Para quien le asuste el silencio y para quien le cuesta llegar al silencio interior nos pide un tiempito, comenzando con algunas palabras de un salmo o de una petición que se repitan pausadamente, al ritmo de la respiración también pausada: Tú eres Señor mi amor y mi esperanza. O bien: Señor, Jesús, Hijo de David, Hijo de Dios, ten compasión de mí, pobre y pecador. O también: Señor, haz de mí un instrumento de tu paz… O: Bendito sea Dios, bendito sea su santo nombre…

La presencia. Cuidar de la presencia de Dios. Él no puede estar faltando en nuestro día a día. Atendamos a su presencia, atendamos a las bendiciones que nos llegan día a día, o en cada tiempo litúrgico, cada fiesta; en cada encuentro, cada abrazo, cada sincera caricia… Cuando alguien dice cosas buenas de nosotros hemos de recibirlo con humildad y gratitud. La falsa humildad es pensar o decir que no valgo nada. Imposible. Hablar de la presencia es también hablar de personas que no están “presentes”. Lo que les llega de bueno ya lo daban por descontado y ya están pensando enseguida en lo que ha de venir, en lo que debía acontecer, en lo que deben hacer; o también, sospechan que detrás de lo bueno que les llega debe haber algo no tan bueno… Vivir el presente con atención puede permitirnos ver cuántas bendiciones están esperándonos para recibirlas.

Bendecir a Dios. Os añadiría un tercer ejercicio para aprender a ser personas bendecidas: Se trata de bendecir a Dios con cánticos e himnos inspirados. Por ejemplo, con el cántico de los tres jóvenes de Daniel: “Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres…” (Dn 3, 51, ss.); con el cántico de María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor…” (Lc 1, 46, ss.); con el cántico de Zacarías: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, que ha visitado y redimido a su pueblo…” (Lc 1, 56 ss.); con la acción de gracias de Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños…” (Mt 11, 25 ss.); con la Carta a los Efesios: “Bendito sea Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo, con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos…” (Ef 1, 3 ss.). Siempre que en la Palabra de Dios se bendice a Dios pronto o tarde veréis que se añade el por qué, porque a su vez Él nos ha bendecido con toda clase de bendiciones. Luego, la Iglesia no ha cesado de componer himnos de bendición a Dios: el Te Deum; las Bendiciones ante el Santísimo Sacramento… Francisco de Asís compuso el bello Cántico a las Criaturas, donde va repitiendo por cada una de las criaturas “Loado seas mi Señor”. No olvidemos que la Eucaristía es la Bendición o Acción de Gracias por excelencia, porque la hace Jesús resucitado con nosotros.

Bendecir al hermano. Un cuarto ejercicio es practicar la bendición mental o vocalmente con nuestro prójimo y más aún con aquél con el que tropezamos. La señal de los bendecidos es que a donde quiera que vayan y con quien quiera que se encuentren, siempre les salen palabras o gestos de bendición. Sí; nos será más fácil decir cosas buenas de los demás cuando nos sepamos y nos creamos bendecidos. El bendecido siempre bendice. No olvidemos que nadie es convocado a la vida mediante maldiciones, chismes, acusaciones o inculpaciones, y hay tanto de esto en nuestras relaciones… Así pues, bendigamos también nosotros.

La bendición más sencilla viene de antiguo, del libro de Números y la hizo suya San Francisco de Asís: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz” (Núm 6, 24-26). Jesús bendijo a los niños y mayores: “Bienaventurados vosotros los pobres…” (Mt 5, 3 ss.). Diríamos que hay algo esencial y común a Jesús, a Francisco de Asís y a Clara de Asís, bendecir al Padre y bendecir a los hermanos. Es disponernos como cristianos a vivir la vida que hemos elegido o la que nos toca vivir, y en concreto sufrir o gozar siempre “bendiciendo, alabando y dando gracias” a Dios sin cesar; y, a la vez, invocando la bendición de Dios y todas las bendiciones de sus santos, en el cielo y en la tierra, sobre el hermano o la hermana, sobre el ser humano en concreto, que se cruzó en el camino de nuestra vida o hacia el que salimos al encuentro. Nos quedamos con la bendición de Clara dirigida a sus hermanas:

“En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. El Señor os bendiga y os guarde, os muestre su rostro y tenga misericordia de vosotras; vuelva su mirada y os conceda la paz, a vosotras, hermanas e hijas mías, y a todas las que han de venir a nuestra comunidad […] Os bendigo en mi vida y después de mi muerte, cuanto puedo y más de lo que puedo, con todas las bendiciones con las que el Padre de las misericordias ha bendecido y bendecirá a sus hijos e hijas en el cielo y en la tierra”.

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