Monseñor Romero: la soledad de un mártir

Las teorías conspirativas corren por la red. Hay videos que ponen los pelos como escarpias. Hay artículos que se empeñan en ofrecernos las profecías de Nostradamus y lo poco que le queda a este mundo antes del fin de los tiempos. He terminado por alejarme de este tipo de intoxicación. Pero cuando sucede en un medio serio ya es más difícil sustraerse. Se nos está vendiendo que ningún obispo español va acudir a la Beatificación de monseñor Romero, mártir en el Salvador, por denunciar las injusticias que se cometían en su pueblo. Le tocaron tiempos recios como diría la santa abulense. Un tiempo donde la política de la guerra fría había incursionado en América del Sur. No es mi labor corroborar si la Teología de la Liberación es un movimiento estratégico de la KGB de la antigua URSS. Pero puedo afirmar que monseñor Romero no tenía nada que ver con ella. Y sin embargo se quedó en la más absoluta soledad e incomprensión por parte del Vaticano. Vivió su propio Getsemaní y aceptó dar su sangre por los suyos.

Me parecería bochornoso que ningún obispo español asistiera a corroborar que las luchas políticas a veces envuelven a los hombre de fe que nada tienen que ver con ellas. Que están muy por encima de las estrategias de peones que algunos poderosos ponen sobre el tablero. Monseñor Romero es santo por aclamación de su pueblo que sintió en sus homilías que alguien se ocupaba de su defensa. Sería una vergüenza que la llamada madre patria olvidara este hecho tan fundamental.

Es cierto que América bullía en revueltas y revoluciones alentadas por países marxistas. Habían dos realidades diferentes y un medio camino que encontraron hombres como Romero y tantos misioneros sacrificados en las fauces de las dictaduras americanas. Fueron hombres si se quiere idealistas pero que querían lo mejor para su pueblo, del mismo modo que nosotros hoy apostamos por una regeneración social que termine con la corrupción y saque al país del atolladero donde nos encontramos.

Si la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. Monseñor Romero derramó la suya al ofrecerla por su pueblo: “Si me matan resucitaré en el pueblo Salvadoreño”. Y a fe que lo ha hecho. Es un mártir por aclamación popular. Y tras él siguieron cayendo víctimas en las fauces de aquella guerra cruel. Recordemos a Ignacio Ellacurría y sus compañeros, también asesinados por intentar mediar en el conflicto.

No creo que esta sea una beatificación política. Más bien es la constatación de que muchos buenos hombres dieron su vida en unos tiempos convulsos donde estar con el pueblo era condenarse a morir. Como toda guerra hay inocentes y víctimas que estuvieron en el lugar y momento que no eran adecuados y ese fue su gran delito. Pero limpias como una patena, pueden ser elevadas a los altares por haber dado su sangre al optar por el Evangelio. Y esa es la razón fundamental que restituye a monseñor Romero su dignidad como persona acusada de sediciosa y asesinada cruelmente.

Es una ofensa para el Papa que la presencia española tan importante en tierra de América sea de bajo nivel. Deberemos creer en serio que se está haciendo política de un martirio de sangre. Que intentar recuperar un tiempo donde tantos dieron su vida por los demás, está ofendiendo a un determinado sector eclesial. Y esto es vergonzoso señores. Porque en ocasiones optar por unos u otros ya es hacer política por fuerza mayor.

No soy yo la más indicada para confirmarlo. Pero las cosas pintan mal si ciertamente no hay una buena representación española en la beatificación de monseñor Romero.

Acerca de Carmen Bellver

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