La fuerza del Espíritu Santo

Y llega el día donde se abren puertas y ventanas, donde el miedo desaparece de los corazones, donde Cristo sopla el Espíritu sobre sus discípulos y les promete no abandonarlos jamás.

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor.
– Envía tu Espíritu, Señor, / y renueva la faz de la tierra.

Son invocaciones para este día de Pentecostés que rezamos todos los años. Es más, pedimos todos los días que venga el Espíritu, proclamamos que creemos en Él. Y a poco que pensemos observamos las obras del Espíritu en el mundo. Obras de paz y misericordia, obras de perdón y entrega a los demás. Vemos que el mundo está renovado que hay miles de voluntarios, incluso no creyentes, dispuestos a sacrificarse por el bien común.

El Espíritu nos acompaña, no cabe ninguna duda, está presente con su brisa suave, su fuego que hace arder los corazones, las palabras proféticas de tantos que están guiados por su voz. Sus obras que pasan desapercibidas a los ojos de los medios, pero que a poco que rasques se ven con toda la gracia de su fuerza.

Veo el Espíritu en un mundo cada vez más globalizado, cuando recuerdo que todo lo que se pregona por las azoteas se sabe en el mundo entero. Veo el Espíritu en la alegría de los niños y la confianza con la que viven al abrigo de sus padres.

Veo el Espíritu en las pateras que cruzan el estrecho y hacen un mundo plural donde ya no importa el color de la piel y donde estamos aprendiendo a vivir con credos diferentes. Y obligados a entendernos si no queremos destruirnos.

Sigo viendo el Espíritu en la fuerza de la naturaleza que nos muestra nuestra condición débil y mortal.

Y por todo ello afirmo que el cristiano es un hombre de esperanza que sabe que el triunfo final es nuestro, es el del Reinado de Dios, el de la paz y el amor. Y mientras, lo construimos con nuestras flaquezas haciendo cada día un pequeño gesto de humanidad.

Veo el Espíritu cuando el Papa denuncia la corrupción y el sistema capitalistas que deshumaniza la condición humana, que convierte a la persona en un mero número. Allí donde la fuerza del bien triunfa sigo viendo el Espíritu.

Y hoy lo invoco de nuevo en la secuencia de Pentecostés.

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido;
luz que penetra en las almas; fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento,
Riega el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero
Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.

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Acerca de Carmen Bellver

Colabora en los medios de comunicación aportando su visión desde el humanismo cristiano
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Una respuesta a La fuerza del Espíritu Santo

  1. marivjo dijo:

    Carmen, a mí se me ocultado estos días el Espíritu desde que supe que el episcopado español (se supone con más Espíritu en sus mitras) le ha dado completamente la espalda a un obispo mártir en el reconocimiento oficial ante toda la Iglesia. Voy a ver si hoy lo recupero un poco y me sopla por algún lado.

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