La tormenta de la incredulidad

Se cierne sobre nosotros la tormenta e increpamos al Señor.: ¡Señor que perecemos!. Y Él tranquilamente devuelve la calma a las aguas. Pero nos reprocha que no tenemos fe. Entonces descubrimos que las tormentas pueden ser un símil de todas las ocasiones en las que increpamos a Dios. Y en las que Él no interviene de manera prodigiosa, como en el Evangelio, pero nos viene a recordar que no tenemos fe. No al modo como se nos pide tenerla. Sin dudas, ni titubeos.

Y entonces aprendemos que hemos de pedir que aumente nuestra fe en la oración diaria. Que aumente nuestra fe para soportar las inclemencias y los acontecimientos que nos sacuden y hacen dudar de la existencia de Dios. Y son muchos a lo largo de nuestra vida. Desde las guerras a las injusticias que podemos palpar a poco que tengamos un mínimo de sensibilidad. Y en ese zarandeo nos tambaleamos. Quedamos acobardados, temerosos, sentimos que la fuerza de Dios se desvanece. Por eso hay que pedir fe, día y noche y en especial cuando todo va sobre ruedas: Señor aumenta mi fe.

No vaya a ser que un día no pueda dar gracias a la vida cada mañana al levantarme, porque me haya hundido en el mar tenebroso de la desesperanza, en el abismo de la indiferencia, en el pozo profundo de la insolidaridad. Ahí donde nunca debemos estar, porque la fe es prodigiosamente serena y milagrera, hace salir el sol sobre justos e injustos, pero nos da el plus de la alegría de sabernos bendecidos por Dios.

Y la tormenta de la vida es la que nos hace encontrarnos siempre a un Jesús que duerme tranquilo mientras nosotros vemos que nos vamos a ahogar. Pero la escena no puede ser más reveladora, Jesús increpa a los elementos naturales. Es capaz de trastocarlo todo sólo con que se lo pidamos con fe. Y aunque las cosas funcionen de manera extraña por recónditos circunloquios, al final vuelve la paz. Ese “sólo Dios basta” de Santa Teresa de Jesús debió salir de sus labios tras haber cruzado un lago encrespado y tenebroso, como los discípulos de Jesús.

Y dice el evangelio que se preguntaron “Quién es este que hasta los elementos le obedecen”. No vamos a caer en la duda de que esta escena no existiera realmente, como vienen diciendo algunos exégetas. Los milagros de Jesús no son ejemplos para aprendices de incierta doctrina. Los milagros de Jesús existen para manifestar que es posible lo imposible cuando existe la fe por medio. Y lo corroboran situaciones y acontecimientos que muchos han experimentado en su propia piel.

Pero es verdad que el Dios prefiere dejar correr las cosas, como difuminándose de la escena donde suceden acontecimientos terribles, donde la gente sigue gritando ¡Señor, que perecemos!. Y acto seguidos podemos recordar la escena del monte donde pidió a sus discípulos que dieran de comer a una multitud, y el acto de compartir obró el milagro. También hoy cuando se comparten las dificultades y los sin sabores podemos encontrarnos que estos se desvanecen gracias a la solidaridad y el compromiso. Pero hay que tener fe, una fe que da alegría y esperanza pese a todos los contratiempos y adversidades.

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Acerca de Carmen Bellver

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