Las dos banderas y una única receta

Cuando la Iglesia se quiere dividir en progres y carcas estamos cayendo en error espantoso. La Iglesia está compuesta de pecadores que deben aspirar a la santidad, el resto es pura bobería. No se trata de querer dar la comunión a los divorciados, ni de querer casar a las homosexuales, ni siquiera de querer romper con las devociones populares. La pregunta fundamental sigue siendo cuál es el centro de tu vida. Si es Dios, no parece que haya problema en mantenerte fiel a El ayudado de su gracia. Las renuncias sirven para purificar aquello que nos ata al mundo. Y el mundo no es con sus seducciones el ídolo al que debemos perseguir. Por ello, el Papa Francisco sigue con su revolución tranquila. Se ha puesto las pilas del ecologismo, de la teología del descarte, de la crítica al capitalismo desaforado que tira en la cuneta miles de seres. Pero al parecer lo que no dicen los medios, es que para aguantar los viajes apostólicos su receta principal es la que nos está pidiendo desde su comienzo: oren por mí.

Las iglesias se llenan en algunos sitios, en otros se apagan. Y cuando investigas en el por qué, es difícil llegar a una conclusión. Pero ves que en Marsella en un barrio lleno de musulmanes un sacerdote decide abrir su iglesia las veinticuatro horas; decide vestir con sotana; decide sentarse en el confesionario y pasar allí las horas. Sale y visita a los enfermos, pregunta por sus vecinos, llama a sus puertas. Y de pronto su iglesia se llena de fieles. ¿Es algo humano o ha sido el espíritu de amor que todo lo puede?. Es una vocación de veinticuatro horas los trescientos sesenta y cinco días del año. Como se suele decir: “algo tendrá el agua cuando la bendicen”.

No quiero entrar a juzgar actitudes, pero la verdad es que los primeros cómodos y acostumbrados a una religiosidad de cumplimiento, somos los fieles, a los que sólo nos puede despertar una actitud de conversión por contagio por ósmosis. La conversión de los buenos, como dice Atilano Alaiz pasa por la santidad. “Pero la santidad cristiana no es el esfuerzo de los superhombres que quieren llegar más alto que nadie. No es una carrera para multiplicar actos virtuosos que nos hagan merecedores del cielo”. Es, más bien entender nuestra pobreza y ser dóciles al Espíritu.

“Para encontrar a Dios en las experiencias de la vida, para escuchar su llamada que nos invita a ir a su hogar, a nuestro hogar, necesitamos sosiego, soledad y silencio”. Y todo eso no lo ofrece una sociedad conectada las veinticuatro horas a las distracciones de los medios. Todos eso no lo ofrece la red. Llama la atención que el Papa Francisco confiese que lleva años sin ver el televisor, por una promesa que hizo. ¡Y sobrevive!. Como tantos de nosotros podemos sobrevivir sin esa contaminación de programas basura que embrutecen el alma.

No se trata por tanto de modernizar a la Iglesia, se trata de una transformación personal. La Iglesia siempre ha sabido adaptarse a los tiempos. Y en todos ellos la corrupción y el pecado han sido la moneda corriente de la sociedad. Sólo que también existían personas capaces de vivir centrados. “Necesitamos más que nunca orar, hacer silencio, curarnos de tanta prisa, detenernos ante Dios. La experiencia de la oración individual y comunitario nos ayudará a liberarnos de nuestro vacío interior, a criticar nuestra increencia y abrirnos con más sinceridad al misterio de Dios vivo”.

Intentar aguar el vino, no es la solución. Buscar el aggiornamiento no es descafeinar el mensaje del Evangelio que siempre ha pedido lo mismo en todos los tiempos: nuestro nacer de nuevo, nuestra transformación del corazón. Que como el Papa Francisco sepamos estar unidos a quien todo lo puede para exclamar como Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

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Acerca de Carmen Bellver

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