Asesinatos y pérdida del sentido de la vida

Dicen que el calor puede alterar el comportamiento del ser humano. Y es evidente que estamos pasando unas oleadas de altas temperaturas. Tal vez se pueda relacionar con la cantidad de asesinatos que este verano gotean como el sudor que perla nuestra frente. Pero me temo que la explicación obedece más a la pérdida del sentido de la vida. Cada día se respeta menos al ser humano. Eso sí, se habla mucho de los derechos humanos, que son precisamente los que nos apartan del decálogo divino. El egoísmo y la falta de escrúpulos se propicia desde todos los ángulos de la sociedad. Y de esta manera vemos como se cercena la vida de los demás. En alguna ocasión puede haber un trastorno mental. Pero este verano el asesinato frío e impune de mujeres, hombres y niños, ha marcado un índice de virulencia especial.

Vuelvo a repetir que se pierde el sentido de la vida, el profundo y hermoso sentido de estar vivos y respirar como un milagro diario del que los creyentes damos gracias cada amanecer. Se pierde el respeto hacia el otro, se fomentan el odio, el egoísmo, la envidia. Y la sociedad amanece que mujeres acuchilladas en la calle, con bebés abandonados en contenedores, con abortos diarios en un genocidio legal que clama al cielo. Se trata de que la sociedad está enferma y contamina a sus miembros.

Una sociedad donde los restos de bebés abortados se usan para hacer cremas dermatológicas, donde se compra y se vende la vida como si pensáramos que podemos hacer lo que queramos. Es una sociedad que ha olvidado que en los albores de la edad de hierro surgió un pueblo con un decálogo y un solo Dios al que rendir culto. En ese decálogo se trataba de contener el mal que habita en nuestras entrañas. Y eso es lo que vino a predicar Jesús de Nazaret mucho después, una fraternidad capaz de perdonar setenta veces siete, que es como decir, siempre. Ofreciendo su vida por nuestra salvación.

Hoy no sabemos perdonar, nos domina la ira, que es un pecado capital para cualquier creyente cristiano. Nos domina la envidia, que es otro pecado capital. El rencor mata el amor, mata la familia, mata a los seres humanos. La avaricia asesina a fetos y los descuartiza. Cuando en nombre de los derechos humanos se defiende el aborto, estamos entrando en una paradoja abismal, hemos perdido el sentido de la vida. Y cuando se asesina por motivos siempre egoístas es porque confundimos nuestros derechos olvidando el de los otros.

Tal vez debamos preocuparnos de que el espectáculo de hoy se encuentra esas ficciones que enseñan a matar, violar, descuartizar, despreciar la vida en toda la amplitud de la palabra. E incluso engañar a la ley, hecha para regular la convivencia. Pero es que cuando no se cree en la Vida, en mayúsculas, aparece inexorablemente La Muerte, con su aspecto más terrorífico y siniestro.

A nosotros como creyentes nos toca orar por la conversión de los pecadores, de aquellos que incluso desconocen que están violando la Vida, matando la Vida. Nos toca enseñar que se puede convivir dominando nuestras pasiones más perversas. Que Jesús de Nazaret nos enseñó a dar la vida por los demás, a repartirla a trocitos. Y ahí es donde de verdad se encuentra el sentido a la existencia, en obrar el bien y en renunciar al mal.

Acerca de Carmen Bellver

Colabora en los medios de comunicación aportando su visión desde el humanismo cristiano
Esta entrada fue publicada en Pro vida y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s