Convierten la misericordia en puro merengue

En nuestra sociedad el talento es una combinación misteriosa en la que entra el factor suerte. Y la santidad es por así decirlo, un talento especial que lleva hacia la divinidad. Y que como todos sabemos alza a unos en peana y a otros los deja para el 1 de noviembre. Pero lo que sí que tienen en común talento y santidad, es el esfuerzo y la perseverancia. La sociedad merengue ni tiene talento ni aspira a la santidad. La sociedad merengue quiere reducir la vida a una cómodo pago a plazos, donde se compra el eternidad en rebajas.

Algunos teólogos disertan sobre lo divino dentro de esa sociedad del merengue. Buscando bajar el listón apelando a la misericordia. Y como no somos jueces nos quedamos todos mohínos de ver en qué poca cosa se estima la santidad de vida. Queremos reformas que se acomoden a los tiempos en que vivimos. Pero señores estos tiempos son pura antítesis de lo que predica el Evangelio. Son tiempos donde la unión de dos personas dura el soplo de una noche de verano. Tiempos donde el buen vivir olvida las necesidades del vecino. Tiempos de uniones imposibles que afectan directamente a la antropología del ser humano. Tiempos de envidias, iras, y toda la retahíla de pecados capitales disfrazados de buenas costumbres.

Costumbres que hacen perder el pudor a los jóvenes, que no valoran la honestidad como denominación de origen. Costumbres que nos abducen frente a la caja tonta y nos dejan pintadas las uñas de verde esmeralda, porque es lo último que se lleva.

En el mismo sentido navegan algunos teólogos que discrepan de la misa como un rito que carece de sentido. Y por contra no explican que toda la misa está centrada en el sacrificio Eucarístico. Nos hace falta apelar más a la oración como reconocimiento humilde de nuestra condición pecadora, que sólo desea lo dulce, el merengue y la mal interpretada misericordia.

Porque la misericordia no es callar cuando vemos que hay algo que no está de acuerdo con la voluntad de Dios. No es misericordia dejar que el amigo tropiece una y otra vez en la misma piedra. Las iglesias volverán a estar llenas cuando vivamos intensamente el sacrificio eucarístico y la oración. Y el cristianismo dejará de estar devaluado cuando aspiremos con perseverancia y esfuerzo a una vida de santidad.

La sociedad merengue es empalagosa, astuta como la serpiente, diabólica. Presenta como bueno lo malo. Hace ver que no hay pecado, ni condena, ni mal ni bien, porque todo depende de cómo sea valorado. Y así yo me convierto en mi diosecillo de salón en el que mi vida depende de aquello que considero yo oportuno, sin que tenga que tener en cuenta eso que llaman “fardos pesados”. Que no son más que la cruz a la que debemos abrazarnos para seguir caminando.

Nos olvidamos de que estamos de paso y en un valle de lágrimas. Y queremos ya, el paraíso. Pero eso es fruto sólo de ese equívoco permanente de convertir la misericordia en puro merengue.

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Acerca de Carmen Bellver

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