Cuando tus aficiones te definen: dispersarse o centrarse

Numerosos estudios reivindican el ajedrez como juego terapéutico para múltiples trastornos, desde los delictivos a los TDH famosos en la escuela por ser los más habituales. El ajedrez no sólo enseña a pensar. Muestra que tus movimientos tienen unas determinadas consecuencias y hace que proyectes a largo plazo tus estrategias. Está reconocido ya como un juego que se utiliza incluso con autistas y síndromes de Down.

De la misma manera la música y su práctica habitual se relaciona con la plasticidad cerebral. Tocar un instrumento desarrolla la capacidad de concentración, memoria, atención y bienestar emocional. Suele ser un buen sistema para alumnos con dificultades de aprendizaje en otros campos. Y al cabo de cierto tiempo se descubren sus bondades.

Se habla también del ejercicio dinámico o estático. El deporte que supone poner en práctica estrategias como el fútbol o baloncesto, frente a los más rutinarios como el ciclismo, la natación o el patinaje. Todos ellos contribuyen de manera diferente al bienestar físico y psíquico.

La lectura es otra de las actividades que se considera positiva en todos los sentidos. Fomenta la imaginación, amplia el vocabulario, regenera zonas cerebrales al ejercitar la lectura y es uno de los mejores entrenamientos en inteligencia emocional. Al hacer que nos pongamos en otro punto de vista, en la piel de otros.

Pues bien, si centrarse supone desarrollar todas las aptitudes que anteriormente he citado. Dispersarse es otro de los retos de nuestra realidad. Y es fácil dispersarse en el aluvión de noticias prefabricadas de la televisión, o en los programas enlatados para el consumo de masa. Dispersarse es el hábito de la distracción permanente, del zumbido de la abeja que revolotea cansina en nuestra mente sin dejarnos reposar un instante. Dispersarse es zambullirse en la caja tonta sin más criterio que el del consumismo, la distracción, el no pensar.

Estudios recientes nos hablan de la falta de concentración de nuestra sociedad, lábil y dispersa por miles de inputs visuales o sonoros que no facilitan esa plasticidad del cerebro de la que iba hablando. Con los años, pagamos en salud los hábitos adquiridos en nuestra infancia. No es un tema baladí el que dentro de las materias educativas se encuentre el deporte y la música. Son fundamentales para el desarrollo personal del individuo.

Pero siempre estamos a tiempo de practicar ese dispersarse o centrarse. La soledad es una de las causas prioritarias de la depresión. Sin embargo, combatir la soledad puede ser tan fácil como cultivar una higiene mental adecuada, mediante hábitos culturales y sociales determinados.

Cuando hablamos de la oración, nos encontramos con muchas personas que son incapaces de hacer silencio interior, para mantenerse en la presencia del Señor durante alguna hora. La inquietud, el desasosiego y la falta de atención, se presentan como los peores enemigos de la oración. Sin embargo, el proceso que se sigue para la oración mental, es precisamente saber mantener unos pasos concretos que nos llevan hacia la oración del corazón. Esos pasos como en el deporte exigen disciplina. Algo que precisamente adolece nuestra sociedad. Disciplina para centrarse, frente a la dispersión que nos envuelve. Espero que el síndrome post vacacional pueda ser superado con ese hábito saludable de la concentración frente a la dispersión. Feliz regreso a todos.

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Acerca de Carmen Bellver

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