El Sínodo de la Familia y el Motu Proprio del Papa Francisco

Les escucho discutir, insultarse, gritar, mientras a su alrededor un par de niñas corretea por la casa. Es el nuevo modelo de familia: “Yo no me caso contigo”, dice una voz acalorada. Y una descubre que son pareja de hecho, con dos retoños que cuidar. Y se siente impotente al ver qué difícil es la convivencia. Cuánta paciencia se necesita para que dos no riñan. Y mucho más cuando se tiene algo tan importante como unas hijas que criar. Una responsabilidad asumida desde el instante que las trajeron al mundo.

En este Sínodo de la Familia que da tanto que hablar. Tendremos que reconocer la cantidad de matrimonios nulos, porque han ido al altar sin conciencia de recibir un sacramento que los une para siempre. Porque han decidido unirse y tal vez dentro de unos meses necesiten que pasado el primer fulgor, constaten sus diferencias, las manías personales, los impulsos no medidos que llevan a golpes de ira indiscriminada.
Sé que cada vez hay más matrimonios que son pareja de hecho o como mucho se han casado exclusivamente por lo civil. Nadie les enseña lo que es el amor en serio, el que duele, el que al abrir el Evangelio te interpela con un perdonar setenta veces siete.

Me consta que habrá parejas felices, unidas, coherentes, con ideas claras. No voy a caer en el error de sublimar el matrimonio religioso como el más excelso por encima de otros. Pero sí, debo admitir, que la Palabra de Dios oída semana a semana, nos enseña la virtud del amor. El de verdad.

Que tengamos que ir de rebajas para facilitar las segundas uniones, con hijos tuyos, míos y nuestros. Es algo de cajón tal y como se encuentra nuestra sociedad. Pero al menos dispongamos del valor de ensalzar el amor cristiano como el más sublime, si se vive de raíz con sus fundamentos bien asentados.

El matrimonio no es un contrato que puedo romper hecho añicos cuando quiera. Es una propuesta de hacer feliz a otro para toda la vida. Y es un deseo permanente de darse mutuamente segundas oportunidades. Difícil el perdón, difícil restañar heridas, deberíamos hacer seguimientos de matrimonios en las parroquias. Todos compartiendo la misma fe y creando una terapia de grupo que ayude en las dificultades.

No puede ser que existan miles de divorcios todos los días. Algo falla en esas uniones que no saben madurar en común. Que reivindican un infantilismo pueril al menor contratiempo.

No sé si hay que abrir la mano para dar la comunión a los divorciados y vueltos a casar. No soy quién para rebajar el sacramento del matrimonio tal y como lo entiende la Iglesia. Pero el Motu Proprio del Papa Francisco, es una llamada de atención concreta, ante un fenómeno que se nos escapa de las manos. Esas rupturas brutales que desean rehacer su vida de alguna modo. Y que quieren seguir siendo cristianos de buena fe.

Leía que cuando no hay conciencia de pecado, es imposible la reconciliación. El primer paso siempre tiene que ser reconocer nuestros propios errores. Y sanar el alma con el sacramento de la penitencia. También para quienes un día volvieron la espalda al Señor y cortaron amarras, hasta que ha llegado el tiempo del regreso a la Iglesia.

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Acerca de Carmen Bellver

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