París, la ciudad de las lágrimas

Tristeza, consternación. El terror se abate sobre la ciudad de la luz, hoy convertida en ciudad de las lágrimas. El islamismo trae la guerra a Europa y lo hace golpeando a sus ciudadanos de manera puntual. Este goteo de atentados, pese a todos los sistemas de protección de los gobiernos, nos demuestra que nuestros políticos no son capaces de cortar de raíz la guerra que ellos mismos han provocado con su apoyo para que cayesen gobiernos laicistas, dando lugar a un radicalismo islamista de consecuencias penosas. Siria es un polvorín, pero el mal se expande por todo el orbe. Y mientras tanto huyendo del terror llegan las masivas oleadas de refugiados y entre ellos, los infiltrados, como bien señaló el cardenal Cañizares a quien se le lapidó mediáticamente por un comentario de sentido común.

No es que no debamos asumir las oleadas de refugiados, eso entra dentro del derecho internacional. Pero sí debemos implementar medidas que eviten el radicalismo que cada día avanza con mayor intensidad. Y esas medidas pasan por reivindicar nuestra cultura. Sentirnos orgullosos de nuestras raíces cristianas y no permitir que el odio y la violencia se agazape en esos niños que ya son nuestros ciudadanos pero que provienen de países lejanos con otras tradiciones.

Si los países occidentales no son capaces de acabar con ISIS y el terror que supone su guerra santa contra todo occidente, estamos condenados a convivir con estos atentados que se esparcen por todo el mundo. Es una guerra abierta contra todo occidente y ante los ataques indiscriminados en puntos turísticos, en aviones, trenes o metros. Todos somos objetivo de las fuerzas irracionales y fanáticas del islamismo más radical y penoso.

Oremos hoy por todos los caídos en este atentado. Pero exijamos con firmeza a nuestros gobernantes que fuercen a los países islamistas moderados, a implementar la reciprocidad de medidas de asilo y asistencia de los refugiados. Que exijan el derecho a la libertad religiosa y a la construcción de iglesias en Arabia Saudí, por poner un ejemplo.

De estos sucesos tal vez consigamos una ciudadanía plural y respetuosa porque nos va en ellos nuestra propia supervivencia como democracia defensora de los derechos humanos. Si no podemos aplicar esos derechos y se tiene que forzar el estado de guerra en nuestras ciudades, perderemos la preciada libertad de la que tan orgullosos nos sentimos como naciones civilizadas.

Hoy lloramos por las víctimas de París, pero recordemos que son miles las víctimas en los países en conflicto con los islamistas radicales. Han destruido cientos de iglesias, han decapitado a quienes no querían convertirse al islamismo. Han hecho esclavas sexuales a las cristianas. Expanden odio y dolor por todo el territorio. Están apoyados de manera solapada por otros países más moderados. Y son éstos países musulmanes quienes tienen que reaccionar ante el terror de un fundamentalismo islámico que no respeta la dignidad de las personas.

Sabemos que entre ellos han varias facciones y que no todo es lo mismo. Pero es necesario que precisamente sean los mismos musulmanes moderados quienes se decidan a romper lazos con el terror.

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Acerca de Carmen Bellver

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