El prodigio de lo cotidiano

No solemos valorar que cada día es un nuevo camino para recorrer. El prodigio de lo cotidiano es que ningún día es igual, pese a la rutina, pese a que veamos las mismas caras, pese a ir al mismo trabajo. Cada día “tiene su afán”, como marca el Evangelio. Te tropiezas los mismos rostros en el metro, te preguntas por sus vidas y resuelves con determinación hacer una elucubración al azar. Mientras les ves juguetear con el móvil o leer en el e-book, sientes que en sus vidas también se asoma el prodigio de lo cotidiano.

Ese desayuno que lleva unos pensamientos diferentes cada día, aunque los cereales sean de la misma marca, aunque la tostada y la mantequilla se repitan como un ritual. No somos los mismos, ha transcurrido toda una noche, es un nuevo amanecer y junto a él, nuevos retos y nuevas oportunidades. Estamos en el presente que se consume por segundos y milésimas de segundo y cada paso es diferente. Cada amanecer es un gozo por el que dar gracias al Hacedor. Agradecer ese trayecto al trabajo, esa conversación anodina pero animosa del vecino; ese ver como transcurre el día con sus cuitas a cuestas.

Y ahí está el quid de la cuestión, saber agradecer es saborear el instante presente, darle su justo valor. Reconocer que nuestra rutinaria vida, no es tan rutinaria, está llena de acontecimientos de los que podemos sacar conclusiones. Porque cada día es una nueva oportunidad de aprendizaje. Y en ella se abren las puertas para dejar entrar nuevas personas, nuevos seres que llegan a nuestra vida, como de pasada, pero que siempre pueden dejar un poso en la taza de nuestros recuerdos.

Llega la noche y con ella la oportunidad de aprovechar ese examen de conciencia que nos hace rememorar el día. Y de pronto surge la chispa, sale el fogonazo de la novedad, de lo inesperado, de lo inaudito. Porque ningún día se repite, por muy rutinaria que sea nuestra vida. Y hay que saber valorar esos instantes para gozar del presente con intensidad. Ya que nunca sabemos cuándo llegará el momento de dar cuenta de nuestra existencia.

Hoy celebro el día presente, pese a todas las contrariedades halladas en mi peregrinar por la vida. Le rindo homenaje, aunque no me gusten las noticias que leo en los periódicos, aunque me molesten la guerra, las enfermedades, la soledad de tanto ser arrojado en la cuneta de la vida. Me siento afortunada por saber valorar lo que tengo, incluso los pequeños achaques me hacen ser consciente de lo importante que es poder llevar una vida sana y saludable.

Y si vuelvo la vista atrás, ya sé que he pasado página, que es lo mejor que podemos hacer con nuestras dificultades pasadas. Perdonar y olvidar es una receta infalible para la felicidad. Porque ser feliz no consiste en tener o poseer cosas o seres. Ser feliz es una actitud ante la vida, que se construye con el prodigio de lo cotidiano. Y a mí personalmente mi fe me ha dado la fuerza necesaria para dar gracias a la vida constantemente, sin desmayo. Con las mismas palabras de Violeta Parra, en su famosa canción, me despido con su última estrofa: Gracias a la vida, que me ha dado tanto, me ha dado la risa y me ha dado el llanto. Los dos materiales que forman mi canto. Así yo distingo dicha de quebranto…

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Acerca de Carmen Bellver

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