El año de la Misericordia, también nos habla del pecado

En este Año de la Misericordia y en tiempo de Adviento, una se pregunta por el pecado. El Papa Francisco pide oraciones por él y se considera un pecador. El tiempo que vivimos es de conversión y reconciliación. Pero el pecado está devaluado en la sociedad. Nadie considera un pecado el consumismo, aunque se diga mil veces que aquello que gastamos de manera innecesaria, se les está robando a los pobres. El pecado de la indiferencia es otro de nuestros hándicaps, vivimos encerrados en nuestro mundo dando la espalda a la realidad social que nos rodea. Hablar del pecado no se lleva. Aunque algunos de nuestros ilustres predicadores elevados a los altares hicieran de ello su carta de presentación en las homilías.

Sentirse pecador debe de ser una de las rarezas del Papa Francisco y de algunos otros escasos individuos, versados en lo espiritual. Lo normal es no ser cenizo y dejar que el pecado siga siendo la moneda corriente con la que tratamos a diario. Y es que todos somos y nos consideramos buenas personas. En definitiva, ni matamos, ni robamos, …aunque puede que mintamos como cosacos; engañemos con disimulos, pequemos de avaros ante las necesidades ajenas; caigamos en la maledicencia y otras pequeñeces que por supuesto para nosotros carecen de importancia.

Una se pregunta por esos venerables que lloraban a moco tendido por sentirse pecadores y sonríe cuando lee de algún ilustre escritor, que eran mentes enfermizas. Lo verdaderamente enfermizo es no sentir la pestilencia de nuestras propias debilidades, no ser conscientes de la necesidad de un buen lavado interior. Por ello la Iglesia recomienda con sabiduría acudir al confesionario. Liberar incluso esos escrúpulos que nos hacen sentirnos mejores que otros, como el fariseo del Evangelio e hincar la rodilla para recibir agradecidos la misericordia de Dios. Que de eso se trata, de que una vez reconocidos nuestros pecados, tenemos un Padre amoroso que nos espera con los brazos abiertos.

Pero ¡ay! de quienes nunca sienten sus malas obras, sus pésimas actuaciones, sus dobleces y autoengaños. Para ellos la Iglesia reza constantemente por su conversión. Que no se trata de otra cosa que de volcar los ojos en Dios, asumir una y otra vez nuestras debilidades y rogar para que se nos perdonen. Adviento es tiempo de purificarnos no sólo con las buenas obras de la misericordia que todos conocemos, sino también, con el arrojo de quienes piden y ruegan que el Señor no tenga en cuenta todo el daño que pueden ocasionar a sus hermanos.

En una sociedad sin conciencia de pecado, el mal campa por sus fueros, y el bien se bate en retirada. Por esos las consecuencias del mal son tan evidentes cuando se abren los noticiarios. Y las miramos con normalidad, cuando debieran espantarnos, llenar nuestros ojos de lágrimas y nuestra boca de plegarias por todos aquellos que viven sometidos al imperio del mal, de la guerra, de la violencia, del sufrimiento.

Que en este tiempo de Adviento, la confesión sea también una de nuestras medidas, entre otras muchas que solemos poner en práctica, como la solidaridad y la oración. A mí me ha sucedido en varias ocasiones que el sacerdote al absolverme me ha pedido: rece por nosotros.

Y es que ahora dentro de los aleros del Vaticano, también los cuervos campan por sus fueros sin conciencia de pecado. Que al abrirse las puertas de la Misericordia, se abran también los corazones de piedra. Y que María Inmaculada, ejemplo para todos nosotros, interceda ante el Señor.

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Acerca de Carmen Bellver

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