Carta al vaticanista Sandro Magister sobre la misericordia

A tenor de la misma, la misericordia predicada por el Papa está vaciando, si cabe, más los confesionarios bajo una falsa concepción del perdón atribuida a esa misericordia. El sacerdote, experto en almas, que escribe al vaticanista Sandro Magister, se queda boquiabierto por los comentarios recibidos en el confesionario, donde no se observa propósito de enmienda o dolor por los pecados. De esta guisa confiesa el atribulado sacerdote, los años de pontificado del Papa están produciendo un efecto contrario al aparente impacto mediático de sus palabras y actos.

No se ven más conversiones, ni deseos de cambio radical de vida, pero si la exigencia de ser perdonados por obra de la misericordia, fruto de una falsa percepción de lo que supone la vida creyente y comprometida en la fe. Las obras de misericordia pueden ser numerosas, pero sin una vida arraigada en el deseo de agradar a Dios, muchos se quedan en un activismo desaforado, que debe convertir a los demás por ósmosis, sin la segunda parte de las obras de misericordia que son las espirituales, de las que algunos suelen olvidarse.

La carta cuyos fragmentos transcribo es desoladora:

“Es evidente que algún mensaje, por lo menos tal como es recibido del Papa y llega a los creyentes, se presta fácilmente a ser malinterpretado y, por consiguiente, no ayuda a que madure una conciencia verdadera y recta en los fieles sobre el propio pecado y las condiciones de su remisión en el sacramento de la reconciliación”
“Dos ejemplos valen por todos. Un señor de mediana edad, al que le pregunté con discreción y delicadeza si se había arrepentido de una serie repetida de pecados graves contra el séptimo mandamiento “no robarás”, de los cuales se había acusado con una cierta ligereza y casi bromeando sobre las circunstancias, ciertamente no atenuantes, que los habían acompañado, me respondió retomando una frase del Papa Francisco: “La misericordia no conoce límites” y mostrándose sorprendido por el hecho de que yo le recordara la necesidad de arrepentirse y del propósito de evitar recaer en el futuro en el mismo pecado: “Lo que está hecho, hecho está. Lo que haré lo decidiré cuando salga de aquí. Lo que pienso sobre lo que he hecho es una cuestión entre Dios y yo. He venido aquí sólo para recibir lo que nos corresponde a todos, por lo menos en Navidad: ¡poder recibir la comunión a medianoche!”. Y concluyó parafraseando la ya celebra expresión del Papa Francisco: “¿Quién es usted para juzgarme?”.

Una señora joven, a la que le había propuesto como gesto penitencial, vinculado a la absolución sacramental de un grave pecado contra el quinto mandamiento “no matarás”, la oración de rodillas ante el Santísimo Sacramento expuesto en el altar de la iglesia y un acto de caridad material hacia un pobre en las medidas de sus posibilidades, me respondió enfadada que el Papa había dicho pocos días antes que “nadie debe pedirnos nada a cambio de la misericordia de Dios, porque es gratis” y que no tenía ni el tiempo para quedarse en la iglesia a rezar (tenía que “irse corriendo a hacer las compras navideñas en el centro de la ciudad”), ni dinero para darlo a los pobres (“que de todas formas no lo necesitan porque tienen más que nosotros”).”

Es evidente que la percepción recibida no es la misma de Jesús quien proclamaba: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición; y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mt 7.13–14). Más bien se sugiere que todo está permitido porque Dios es infinitivamente misericordioso. Olvidando que al final nos juzgarán por el amor, pero también entrará en la balanza nuestros pecados de obra y omisión. Dejemos que la sabiduría del Espíritu siga iluminando al Papa Francisco y deje de dar esa sensación de que se abren las puertas al campo donde todo es posible.

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Acerca de Carmen Bellver

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