“Vaya usted con Dios”

Dar razón de nuestra fe es más difícil de lo que uno pueda imaginar. La sociedad pasa de creer en Dios. Por eso se palpa la cantidad de ateos que crecen por metro cuadrado. Ateos de diez años que no aceptan a Dios en su corazón, que lo imaginan un fraude como los Reyes Magos. Ateos a quienes se les escamotea la cultura religiosa, tan importante para apreciar entre otras cosas el arte.

No se habla de la fe, pero algunos te pregunta por el significado de determinadas palabras. Por ejemplo: el por qué decimos adiós. De dónde proviene la palabra. Y entonces surge la chispa que te hace explicar que es una bendición: “vaya usted con Dios”,”a Dios te encomiendo”, reducida a la mínima expresión. Y así con ese pequeño gesto se introduce el debate.A veces los pequeños detalles de cortesía pueden ser tan importantes como ese adiós, que lleva a hablar de algo que también es cultura. No vas a regalar la fe por decreto, por mucho que se catequice, la realidad es tozuda y las cifras se imponen sentenciosas. La mayor parte de la sociedad es no practicante, tienen algunos cierto sentido de la trascendencia, mezclada con ideas que en nada se aproximan a lo que es la fe cristiana en realidad.

Y cuando nos hablan del ejemplo como mejor motor para evangelizar. Una se queda con la duda. Sin la palabra no se llega tampoco al corazón. Ambas cosas van unidas. No podemos dejar pasar la ocasión para decir “yo sí creo en Dios”, aunque eso signifique que el otro se sonría con escepticismo frente a tu cara. Podemos, eso sí, ser muy solidarios, muy guay, estupendos con los demás, con una sonría abierta y franca. Podemos ser un cielo para nuestros vecinos y amigos. Pero no sabemos hablar de nuestra fe, tenemos miedo a la confrontación. Y como mucho, nos atrevemos con lo poco que llevamos a cuestas que es el ejemplo de vida coherente. Lo cual no es poco. Sin embargo, qué difícil encender la llama del corazón en otro ser humano. Y eso es lo que hacía Jesús con sus palabras y obras. Y eso es lo que se nos pide cuando se nos dice “Podéis ir en paz”.

Podemos ir en paz, si. Pero con la idea clara de que evangelizar es una misión que nos compete a todos y cada uno de los creyentes. No corresponde a los teólogos, ni a los religiosos, ni al párroco. Estamos todos comprometidos con la tarea del Evangelio. Y las disquisiciones sobre la fe a veces nos deben llevar a admitir que nadie está obligado a creer por decreto. Pero tampoco debemos eludir la responsabilidad de dar razón de nuestra fe allí donde nos encontremos.

Hemos empezado el octavario por la unidad de los cristianos. Hoy más que nunca cuando soplan vientos huracanados de ismos extraños que oprimen a los creyentes en Cristo, es más necesaria que nunca esa unidad en lo fundamental. Que Cristo es el motor de la historia y estará presente con nosotros hasta el final de los tiempos. Creemos que Dios camina junto a nosotros, acompaña nuestros pasos y nos guía incluso por los senderos más oscuros. El es la fuerza y la ilusión que nos hace levantarnos cada día de entre nuestras miserias, para dar gracias por tener un padre misericordioso que nos enseña a amar a los demás.

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Acerca de Carmen Bellver

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