El amor y la misericordia: “El amor no pasa nunca”

Muchos se preguntan en qué consiste el amor. Es una pasión u obnubilación que dura más o menos un tiempo o, como dice San Pablo, es una serie de actitudes que superan a la fe y la esperanza. 1 Corintios 12, 31-3,13. Por encima del don de predicación, por encima del don de profecía, por encima de don de la caridad, si no tengo amor, dice San Pablo que no soy nada. Y para matizar explica:” el amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se aleja de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca”.

Realmente es una epístola maravillosa que nos conmueve porque nos enfrenta a nuestros propios límites, nuestra mediocridad, y nuestra falta de capacidad para amar a fondo perdido. Sin embargo, el cristianismo es la religión del amor y de la verdad. Como narra Lucas 4, 21-30. No es fácil para Jesús proclamar verdades como puños. Sucede que pueden querer despeñarte por un barranco, como en el Evangelio de este domingo. Y no obstante se nos pide ir contracorriente, pese a aquello que pueda suceder. Y se nos pide también dar testimonio de nuestra fe, con la convicción de que es Otro quien se ocupa de nosotros. Jeremías 1, 4-5-17-19 “Frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y la gente del campo; lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte, oráculo del Señor”.

Realmente las tres lecturas de hoy tienen, como siempre, una relación. “Ningún profeta es bien mirado en su tierra”, dice el Evangelio de este domingo. Nadie que desee dar testimonio de su fe con la palabra es bien recibido. Estamos hartos de leer que por “sus frutos los conoceréis”, devaluando la predicación y el mensaje en los medios, criticando la palabrería. Lo cierto es que eso está bien, ya que sin obras el fruto del Espíritu no se manifiesta. Pero no podemos callar ante lo que sucede a nuestro alrededor. Hay que predicar el Evangelio, la Palabra de Dios, y hay que denunciar las injusticias, como hizo el mismo Jesús.

El Reino de Dios se manifiesta ya en este mundo, cuando se nos enseña a construirlo aquí y ahora, por medio de la solidaridad compartida de unos con otros; por medio de la preocupación solícita hacia quienes sufren; por medio de la denuncia profética. Y por encima de todo por medio de ese amor descrito por San Pablo.

En este año de la Misericordia más que nunca debemos dar a conocer cada una de esas obras capaces de salvar el mundo del mal y la oscuridad en la que está envuelto. Dejemos escritas estas obras para que se vea como reluce el amor por encima de la misma fe:

Obras de misericordia corporales:
1) Visitar a los enfermos
2) Dar de comer al hambriento
3) Dar de beber al sediento
4) Dar posada al peregrino
5) Vestir al desnudo
6) Visitar a los presos
7) Enterrar a los difuntos

Obras de misericordia espirituales:
1) Enseñar al que no sabe
2) Dar buen consejo al que lo necesita
3) Corregir al que se equivoca
4) Perdonar al que nos ofende
5) Consolar al triste
6) Sufrir con paciencia los defectos del prójimo
7) Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos.

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Acerca de Carmen Bellver

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