Acoso escolar, la plaga del siglo XXI

En este mundo traidor caer en desgracia es una de las maldiciones que peor puede llevar el individuo. Mucho más si está aislado o es aislado premeditadamente. El acoso escolar es una de las plagas malditas con las que llevamos conviviendo. Estamos frente a personas que no tienen el coraje de dar dos mamporros a quienes les insultan, les avergüenzan o les persiguen con insidiosos “sambenitos”. Personas que viven un tormento diario hasta llegar a la honda depresión y el suicidio. Detectar este tema resulta bastante más difícil de lo que algunos alegremente sugieren.

En principio la escuela es un hogar donde la competitividad y el liderazgo dan al traste con los buenos modales. Es habitual el insulto, la lucha por el dominio del terreno, algo que nos asemeja a otras especies, pero que en nuestro caso se realiza de manera muy sutil. Detectar acoso, supone discernir si lo que se hace o dice al muchacho o muchacha va más allá de lo que es normal en esa etapa educativa de la infancia a la adolescencia.

El niño es por naturaleza sociable y al mismo tiempo puede ser en unos segundos terriblemente cruel y despiadado. Pasa del compañerismo a la lucha a brazo partido, para a continuación seguir siendo tan amigos y como si nada. Por eso resulta complicado dilucidar cuándo el acoso está agobiando al niño. El peligro llega cuando somatiza algún conflicto que haya sucedido en el aula, en ese momento tenemos que poner las antenas en acción.

Estamos ahora en un mundo virtual interconectados unos con otros y es fácil que las palabras queden grabadas en los mensajes, que no se las lleve el viento, que permanezcan como una losa para el afectado. Lo mismo sucede con esas imágenes de las que ya no somos dueños, que recorren el ciberespacio y de las que podemos llegar a estar muy arrepentidos en algún momento. Porque ambas cosas, ya no son murmuraciones con malicia que pasan de un día a otro sin más consecuencia. Ahora se convierten en una suerte de popularidad maldita que agobia al implicado.

Hay por otra parte una subcultura de la muerte, del escapismo, de falta de resiliencia, que no había hace unas décadas. Se lo debemos a los medios de comunicación, que presentando conflictos similares, convierten en héroes a las víctimas, cuando ven como se conmueve el resto de la sociedad cuando han desaparecido. La trágica carta de Diego, el niño que se tiro por la ventana por “presunto acoso escolar”. Nos lleva a ese matiz donde el deseo de protagonismo pasa por un “cruce de cables” donde no se encuentra otra salida que la muerte, en un desafío hacia la misma sociedad.

¿Por qué suceden estos casos de los que antes no teníamos noticia?. Siempre han existido burlas y mofas hacia los más débiles, los menos dotados, y sin embargo la vida se encargaba de curtirlos, de endurecerlos. Hoy se maneja otro paradigma, la sobreprotección hace que muchos no sepan librar la batalla de la supervivencia que todo ser humano debe aprender a gestionar.

No digo que no se deba vigilar el acoso. Por supuesto, hay que enseñar a trazar límites entre una burla y una sistemática persecución. Y hay que saber gestionar esas situaciones. Sin embargo, yo no me sigo preguntando por qué se habla tanto hoy del acoso. Por qué no sabemos preparar a nuestros hijos para enfrentarse a situaciones donde te sobrepones o te hundes irremediablemente. Propongo una cultura de la educación en casa, que pasa por no insultar ni agredir psicológicamente al propio hijo, dándole un patrón de conducta que luego le convierte en un monstruo. Propongo más diálogo entre padres e hijos que les abra las puertas de sus corazones.

No es de recibo que en 2013 se quitaran la vida nueve niños entre diez y catorce años. Ni que las cifras que empeñen en incrementarse. Algo estamos haciendo mal.

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Acerca de Carmen Bellver

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