Llamados al amor: respetemos la vida

Tras las grotescas pantomimas de mujeres que para reivindicar sus “derechos” asaltan capillas o difaman la plegaria cristiana del Padre Nuestro, se impone una reflexión.

El feminismo debe seguir siendo un movimiento de liberación de la mujer, allí donde sus condiciones de vida son infames. Y son cientos los países donde las mujeres pasan de la ablación del clítoris a la violación y el apedreamiento sistemático de sus agresores. Luchar por la igualdad de derechos es un imperativo que nada tiene que ver con la ideología de género, dónde éste es un constructo social y se determina al albur de las contingencias familiares y personales. Tanto es así que se pretende decidir sobre el propio cuerpo sin tener en cuenta el ser que hay en su vientre y el derecho que asiste al mismo a la existencia.

Por eso defender el derecho a la vida es progreso. Mientras que apostar por el aborto en este siglo XXI de solidaridad y ciencia avanzada, es un retroceso humanitario en proporciones dantescas. Esto no tiene que ver con el feminismo, es decir la búsqueda de la igualdad de derechos y oportunidades de mujeres y hombres. Tampoco tiene que ver con la maternidad que es una vocación admirable, que la sociedad progresista debiera mimar con una legislación de igualdad y equidad que permita la conciliación laboral y familiar.

Para una sociedad musulmana anclada en unas costumbres medievales, la mujer debe casarse por imperativo legal, porque no tiene otras oportunidades. Pero el matrimonio no es un contrato sino una vocación. No se tienen hijos para perpetuar sólo la especie, sino por amor y con amor. Decir esto parece una boutade, pero es que cuando se sabe que ISIS sigue violando mujeres, a las que luego apedrea por adúlteras, el alma se conmueve y se hace necesario no sólo la denuncia sino también la condena mundial frente a estos hechos inhumanos.

Miles de jovencitas son utilizadas como esclavas sexuales, miles de niñas son casadas a la fuerza, algunas de ellas se suicidan completamente enajenadas al verse obligadas a convivir con sus violadores. Estas culturas bárbaras para occidente, no merecen que se respeten esas tradiciones ancestrales que vejan la dignidad de la mujer.

Por eso hay y debe seguir habiendo un feminismo en cada país del mundo, que se subleve frente a la opresión del hombre hacia la mujer. Llegar a respetarnos como seres humanos iguales en dignidad y derechos, tampoco se consigue sólo con la ley, sino con la educación y el amor evangélico de quienes nos consideramos hermanos unos de otros.

Cuando el feminismo se convierte en ideología, entonces y sólo entonces, podemos hablar de feminazismo. Pero mientras sea producto del mandato evangélico de amarnos unos a otros y creamos profundamente que el hombre y la mujer están hechos a imagen y semejanza de Dios, entonces vemos que la pareja es antropológicamente la armonía ideal. Sin que por ello exista la obligación del matrimonio, que es en esencia una vocación sagrada.

La soltería, cada día más abundante, no es un huir de responsabilidades familiares, sino una opción tan digna como cualquier otra. A la que Jesús no puso ninguna objeción. Sólo vale darse a los demás, del modo al que cada uno ha sido llamado por Dios. Y darse a los demás es la vocación cristiana, el mandato del amor.

Por tanto hay acciones que reivindicando supuestos derechos, atentan también contra la dignidad de la mujer, reivindicando un papel totalitario sobre su cuerpo, alejándose del amor hacia la vida. Respetar el derecho a la vida, está por encima de cualquier otra consideración, y es un imperativo legislado que ahora por imposiciones ideológicas se está destruyendo, sin medir las consecuencias sociales de tal acto. Llamados al amor, oremos por quienes no respetan la vida.

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Acerca de Carmen Bellver

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