Los pecados de la Iglesia

Vivimos tiempos recios, como diría Santa Teresa de Jesús. Tiempos de escándalos en la Iglesia y de santidad oculta a los ojos del mundo. La porquería hay que sacarla a la luz, y en eso Benedicto XVI fue un adelantado a su época. Le debemos la famosa tolerancia cero hacia la pederastia, pero también las medidas que se implementan en seminarios y órdenes religiosas para detectar este tipo de gente depredadora de infantes. Enfermos o egoístas sin escrúpulos juzguen ustedes. Aprovecharse de los otros exige de ellos que paguen sus trapos sucios y que nadie oculte sus maldades.

Paralelo a este sórdido mundo existe sin embargo un vergel de gente dedicada a los jóvenes más necesitados. Adultos que dan lo mejor de sí mismos para que estos niños de la guerra, de la violencia, de la esclavitud, se curen de sus heridas físicas y psicológicas. Son los samaritanos de hoy que pasan desapercibidos.

Es por tanto necesario equilibrar la balanza y ante la corrupción de la Iglesia, rescatar la santidad de tantos y tantos sacerdotes que se dan al cien por cien a los demás. No caigamos en el morbo del amarillismo de cierta prensa. Las noticias escuetas, con presunción de inocencia todas ellas, porque hay demasiados pícaros en el mundo. Y no hace mucho fue noticia la exoneración de su culpa de un sacerdote que había sido acusado de pederastia. El infierno que este pobre hombre de Dios debió sufrir, merece al menos que no juzguemos a todos por algunas o muchas manzanas podridas que hallemos en nuestro camino.

Me consta que el Papa Francisco está empeñado en limpiar la curia de toda la suciedad acumulada a lo largo de la historia. Pero no debemos empeñarnos en ver sólo la podredumbre, sino también aquellos que luchan por ventilar las estancias rancias y oscuras del Vaticano.

Al escándalo de los dineros y Vatileaks se suceden otros no menos fuertes, fruto de la condición pecadora del hombre. Siempre se ha dicho que la Iglesia es Santa y pecadora por estar rodeada de la debilidad humana. Pero no olvidemos que hay mucha bondad repartida por el mundo gracias a la Institución que más hace por los necesitados. Una Institución a la que le debemos hospitales, asilos, lazaretos, universidades y santos de todo tipo y condición, que siempre supieron dar lo mejor de sí mismo avergonzados por la sombra de esos cuervos oscuros que también los hay en la Iglesia.

En tiempos donde la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos, veamos un poco más de luz que de sombras. Y no ocultemos ninguna de ambas. Porque están ahí presentes las veinticuatro horas. Benedicto XVI supo renunciar a la silla de Pedro para conseguir lo que se sabía incapaz de realizar. Apoyemos al Papa Francisco en su intento de cambiar aquello que debe cambiarse y limpiar a fondo debajo de las alfombras, allí donde se acumula tanto polvo y porquería. Seguro que con la oración de los fieles y con los hombres y mujeres de buena voluntad conseguimos algo.

Acerca de Carmen Bellver

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