Del Domingo de Ramos al Viernes de Pasión

La escena de la entrada triunfal en Jerusalén, vitoreado y alabado por la multitud, se contrapone con la que muy pronto veremos allí mismo, despreciado, condenado públicamente, insultado por esa misma multitud en la ciudad que le ha llamado Mesías.

Un día quieren proclamarlo rey, al otro crucificarlo como un malhechor. Estos dos ámbitos nos hablan de la condición humana, que se deja arrebatar por la multitud. En la primera escena les guía la espontaneidad, quieren de verdad a Jesús, le han visto predicar y curar a enfermos, están completamente subyugados por su personalidad. Es un hombre con capacidad para enfrentarse al poder romano. Y como Jesús sabe cómo piensan decide entrar no con un caballo símbolo del poder, sino con un simple burrito.

En la segunda escena, Jesús enmudecerá en la Pasión. Sabe que han pagado a la multitud para que grite que lo crucifiquen. Que allí hay una mascarada orquestada y preparada de antemano. El mismo Pilatos, no encuentra el modo de liberarlo, acosado por los mandatarios de los judíos.

Ahí está la cuestión de ambas escenas. En la primera la multitud que le apoya no aparecerá en el momento que Jesús más lo necesita. Cierto que han utilizado la noche, la oscuridad, el momento en el que nadie sabe qué se está cociendo entre bambalinas. Pero llama la atención como el miedo paraliza a sus seguidores, de repente el propio Pedro lo negará tres veces, y quienes más lo seguían se difuminan en esas horas de la Pasión. Sólo las mujeres y unos pocos discípulos siguen el trasiego de Jesús, se angustian de ver como es condenado a muerte.

En nuestros tiempos seguimos actuando del mismo modo. De glorificar a Dios pasamos a traicionarle sin rubor. Sí, lo hacemos. Porque somos pecadores y porque Dios amor, no exige grandes compromisos, sino profundas convicciones. Le basta que aceptemos que la puerta es estrecha y el camino escarpado. Si caemos, Él está al lado para levantarnos.

En esta Semana Santa que hoy se inicia con el Domingo de Ramos, sepamos que la cruz es el camino que Dios nos muestra a cada uno de nosotros. No hay triunfo humano que le merezca la pena. El éxito para Dios está en lo oculto, en lo sencillo, en lo cotidiano. Por eso es el Dios de los más pobres, aunque fuera amigo de los ricos, sigue siendo el Dios de los perdedores, de los que nada tienen. Y para los ricos el Dios que les pide un plus de generosidad, de entrega, por eso les dice que es más difícil que un rico entre en el Reino de Dios que un camello pase por el ojo de una aguja. No se trata de que ser rico impida la santidad, hay y han habido modelos que demuestran lo contrario.

La santidad de vida significa cumplir la voluntad de Dios y encontrar en nuestro interior qué quiere de nosotros, qué nos pide a cada uno en su un momento y lugar. De ahí que podamos estar glorificando este domingo al Señor y luego pasemos a escondernos en el momento de la prueba, del testimonio, de dar la cara por El, aunque nos la vayan a partir.

Dos escenas, en las que todos somos protagonistas. El modelo a seguir es Pedro no Judas. Pedro se reconoce pecador, pero también confía en la misericordia y desde luego convierte su vida en una entrega constante al servicio del Reino.

Feliz Semana Santa para todos.

Acerca de Carmen Bellver

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