Bruselas: “No en nuestro nombre”

No puede ser más clara esta expresión utilizada por uno de los imanes de Bruselas: “No en nuestro nombre”, no en el nombre de alguien que ya siente como propias las calles de la capital belga. Alguien que no quiere ver surgir la islamofobia en Europa, pero que es muy consciente de que todo depende de ellos, de los musulmanes moderados, de aquellos que sí que han hecho suyas algunas de las costumbres de occidente.

Los actos contra civiles inocentes siempre son un crimen de lesa humanidad, así lo recogen los organismos internacionales. Y así lo entendemos hasta el más común de los mortales. Esta guerra soterrada y cruel de atentados y matanzas indiscriminadas, supone un nuevo modelo de lucha mundial en el que los Estados están perdiendo los hilos, porque para vencerla hay que renunciar a algunos de los logros de la democracia. Hay que analizar con frialdad de militar los daños colaterales y el éxito final. Y eso, no estamos dispuestos todavía a llevarlo a cabo, preferimos que se integren los musulmanes, que salgan a la calle y se manifiesten contra el terror de sus hermanos islamistas, quienes al fin y al cabo son enemigos de esa misma vida de libertad que ellos han conquistado al nacionalizarse europeos.

No es extraña la avalancha de inmigrantes a Europa, todos soñando la sociedad del bienestar, una sociedad, que lleva años ahogada en sus propias contradicciones. Porque no es posible mantener pensiones sin tasa de natalidad, sin población activa. Y el relevo generacional son estos inmigrantes que no tienen en su mente los postulados de vida europeos, egoístas y relativistas a la vez. La decadencia de occidente es patética y ellos lo saben.

Europa se hunde en el marasmo de sus propias contradicciones, no puede decir no, al derecho que ha defendido durante generaciones. No pueden decir no, a lo que la hace grande y plural. Pero tal vez, sea este el momento de determinar qué hacemos con nuestros jóvenes. Ya se estudia la religión islámica en las aulas, ya se les proporciona el menú adecuado a sus creencias, ya se les permite encerrar en un bunker ideológico a sus jovencitas, obligadas tras la primera menstruación a llevar velada su cabeza.

No todas las religiones tienen el mismo arraigo cultural. Europa es un continente de raíces cristianas, que ha ido olvidando las mismas por el camino, cambiándolas por unos logros sociales que provienen precisamente de ese mensaje de amarnos unos a otros. La cultura cristiana ha dado los mayores logros de civilización y ahora estamos viendo que la conquista militar ya no existe ha mutado en un goteo de inmigrantes. Basta con dejarles entrar sin poner cortapisas a sus costumbres, para que el Islam se convierte en la religión impuesta a toda Europa. Eso es lo que proclama ISIS y lo que están dispuestos a lograr con las oleadas masivas de refugiados del terror y de la guerra.
Hay algo que no funciona y que llevamos años contemplando. La pluralidad religiosa y social es un deseo que surge de las propias entrañas de la democracia, pero cuando ésta se encuentra en peligro, esa pluralidad debe convertirse en santo y seña de identidad, para no soportar absurdos como los que ahora vivimos.

No se entiende que bondad se convierta en estulticia. Todo tiene un límite y hay que saber trazar esas líneas que separan la verdadera pluralidad del sometimiento pueril al que nuestros políticos nos llevan arrastrando durante lustros.

Bien, porque decidan sumarse a la protesta y digan que no en nuestro nombre. Pero eso no vale cuando se imponen discursos que ofenden a nuestras costumbres religiosas y sociales. Cuando tratan a nuestras mujeres como putas y las violan como piezas de trofeo para someterlas y humillarlas. Y mientras, la policía lo oculta intentando evitar la alarma social. No, señores, la alarma ya se ha disparado hace mucho tiempo y la solución está en manos de quienes han creado este conflicto. Los señores de la guerra quieren una Europa rota y van camino de conseguirlo.

Acerca de Carmen Bellver

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