Sábado de silencio

Sábado de silencio, todos rotos por el dolor, por el sin sentido de unos hechos que todavía no alcanzan a comprender. Jesús muerto y enterrado, promesas realizadas que ahora se desvanecen. Ante el miedo de terminar como él sus discípulos se esconden, incluso se marchan de Jerusalén. Todo ha finalizado, al profeta le han silenciado la voz.

Deben estar preguntándose si valía la pena haberle seguido por los caminos polvorientos de Galilea. Conmocionados por lo que han vivido con Él y por ese final trágico, de malhechor, de rebelde. Impotentes para comprender el misterio que les trasciende, se agrupan junto a María, la madre de Jesús, que rota de dolor vive su propia Pasión. ¿Dónde quedan ahora las promesas?. Deben preguntarse todos ellos.

Sábado de silencio y de corre ve y dile, porque así lo encontrarán los discípulos de Emaús por el camino. Y los relatos son tan escuetos, tan ceñidos al estupor que cuando llegue el momento del triunfo, éste quedará también desvanecido entre los suyos. Cuando llegue el momento del gran acontecimiento de la Resurrección se elige al testigo menos fiable, a las mujeres, y deberán de suceder las apariciones para que realmente estos hombres curtidos por el polvo, del sol, y el mar de Galilea, comiencen a entender qué les ha pasado.

Pero será Pablo quien sepa resumir todo estos hechos en un discurso coherente. Tendrán que pasar los años para que la voz de Jesús se siga escuchando como un mensaje cuyo Reino no es de este mundo. Y no por ello deberemos perder la esperanza, siempre presente en la fe de que sigue caminando junto a nosotros.

Le hemos visto crucificado, como vemos a cada cuerpo dolorido por el trasiego de recorrer los caminos huyendo de la guerra. Le hemos visto crucificado en los más pobres de la tierra, en los enfermos, en los discapacitados. Le vemos en los ancianos abandonados. Ahí dijo que se haría presente y ahí es donde nos pide que actuemos. Para hacer un Reino de justicia y de verdad, se necesitan hombres justos y buenos, dispuestos a dar la vida a su imagen y semejanza. Dispuestos a denunciar las mentiras y los contubernios de los poderosos. Como el mismo Papa Francisco ha desvelado en el Vía Crucis: “son los traficantes de la muerte” quienes buscan la guerra.

Nosotros en cambio, buscamos un mundo donde el hombre y la mujer puedan vivir en paz. Y los brotes de que sigue actuando el bien entre nosotros están en cada uno de los samaritanos de hoy en día. Incluso en los ricos que piden que se les aumente impuestos, que se suba el salario mínimo, que se reparta con mayor equidad la riqueza. Estos ricos de EEUU que se han unido bajo las siglas de “Millonarios Patrióticos”, nos enseñan como Jesús a ver las semillas del bien en todo hombre y mujer. A ser misericordiosos y no desechar a nadie por su condición.

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Acerca de Carmen Bellver

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