Cuando dejamos que la fe se convierta en una simple ética

Verdaderamente los ateos, los sin Dios, los agnósticos pueden sentirse tranquilos y satisfechos. Nada hay más alentador que escuchar a un supuesto sacerdote y teólogo decir que lo importante no son las creencias, ni la religiosidad, ni la piedad, lo importante es lo que hacemos o dejamos de hacer a los demás. Me ha parecido muy ilustrativo del postmodernismo tras el vendaval del Concilio Vaticano II. Los pensadores de la fe, se acercan tras miles de divagaciones al sincretismo religioso. Ya no vale la pena testimoniar la fe en Jesucristo, ni su mensaje liberador y salvador para la humanidad. “Lo que cuenta es lo que hacemos a los demás”. Y hay algo que no encaja en esa ética post religiosa. Nos sobra Dios, nos bastamos los hombres para arreglar el mundo y al parecer sabemos muy bien qué tenemos que hacer.

Pero lo cierto es que se está parcelando el mensaje del Evangelio. Se está utilizando y manipulando textos para hacer decir lo que a uno le interesa. Es verdad que somos corresponsables unos de otros, que el bien o el mal que hacemos o dejamos de hacer afecta al conjunto. Pero hay que fijarse en los muchos anacoretas, monjes y monjas de clausura, que no han hecho de su vida un asistencialismo a los demás, que han encontrado sentido a su existencia orando por la humanidad y esa ha sido su entrega. Es casi un insulto a la inteligencia que alguien les deje de un plumazo sin sentido su vida. Y todas las culturas han tenido esas figuras dispuestas a retirarse del mundo para encontrarse con Dios.

Vivir y practicar el mensaje de Jesús no puede ser mero asistencialismo. Es algo más profundo, es cumplir la voluntad de Dios. Y la voluntad de Dios precisa de la oración y de los sacramentos como el ser vivo necesita del agua para poder subsistir. Porque el recorrido del cristiano común consiste en vivir de manera coherente sabiendo que muchas veces no será capaz de romper las cadenas de su propio egoísmo. Por tanto siempre necesitará de Dios, no podrá establecer una ética de mínimos y dejar huérfano al Evangelio de los ratos de oración que pasó Jesús ante su Padre.

Me rebelo ante la imagen orgullosa y prepotente que proclama que basta con ser buenas personas. Para ese camino sobraban las alforjas que hemos estado construyendo durante milenios. Hay buena gente en todo el mundo. Excelentes personas que se entregan a los demás y que no profesan nuestra misma fe. Según algunos teólogos esos serán los preferidos del Señor. Por tanto sobran las misas, los rosarios, los sacramentos. Ya pueden aplaudir los ateos de toda la vida, porque en definitiva se les está dando la razón. Sobra Dios y nos bastamos nosotros para solucionar los problemas de este mundo. Es decir que volvemos al origen de nuestra expulsión del plan de Dios. Volvemos a querer ser como dioses. A alejarnos del camino de la santidad entendido como un aprendizaje a lo largo de toda nuestra existencia. En el que se trata de que vivamos de acuerdo con el plan de Dios.

Quiero decir que esas declaraciones dejan vacía de contenido a la figura de Jesús, y por supuesto afirman implícitamente que la fe católica es poco menos que una superchería como otra cualquiera. No me extraña que con estos postulados se vacíen los conventos y seminarios y las mismas iglesias. ¿Para qué hacerse religioso, para qué ser sacerdote, para qué ir a misa?. Si la salvación consiste en ser buenos según la ética laica de los últimos teólogos. ¿Dónde está el deseo de consagrarse enteramente al Señor, para poder decir al menos como San Pablo “no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero”?.(Romanos 7-19).

Lo cierto es que tras una gran obra de caridad puede esconderse la misma soberbia de Luzbel. Se puede ser un redomado hipócrita haciendo voluntariado en una ONG. Y sin embargo Santa Teresita del Niño Jesús, retirada en un convento supo llegar a la cima de santidad ejerciendo las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Algo que parece estar de sobra en los escritos de ciertos teólogos aplaudidos por los agnósticos de todas las religiones. No se puede santificar exclusivamente a la caridad, olvidándonos de la fe, de la esperanza y de los sacramentos.

Jesús aplaudió al samaritano y dijo que teníamos mucho que aprender de la fe de algunos pecadores. También nos explicó que quien no ama a su hermano a quien ve no puede amar a Dios a quien no ve. Pero no nos dejó huérfanos. Nos pidió que nos reuniéramos en su nombre y que suplicáramos al Padre. Y puso como ejemplo la figura insistente de quien llega de manera inoportuna por la noche clamando que le abramos. (Lucas 11, 5- 14) Jesús agregó: “Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: “Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle”, y desde adentro él le responde: “No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos”. Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario. También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. ¿Hay algún padre entre ustedes que dé a su hijo una serpiente cuando le pide un pescado? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!”.

Pues eso, que la fe no es exclusivamente una ética. Y hay que decirlo y proclamarlo bien claro desde los púlpitos.

Acerca de Carmen Bellver

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