“No hay odio a la religión sólo indiferencia”

Transcurrida la Semana Santa, Dios vuelve a ser el gran olvidado. Se hablará con toda seguridad del Papa Francisco y lo que él diga servirá como referencia de ese Dios que ni se huele, ni se toca, ni se cree. La ausencia de Dios en la vida pública es cada día más palpable. Y poco hacemos quienes llamándonos cristianos callamos ante los agravios y afrentas que un día y otro se van produciendo. Es cierto que la moderación es la norma y sólo la excepción alarma. Pero con lo que ha llovido resulta ridículo que todo un inspector de un instituto salesiano diga a voz en grito que en España no hay odio a lo religioso, sino sólo indiferencia. Una se pregunta cómo es posible esa indiferencia habida cuenta de la cantidad de colegios religiosos concertados. Si estos colegios hicieran bien sus deberes, la sociedad estaría como mucho cristianizada, y no sería indiferente.

Lo que no se cuenta es que estos mismo colegios religiosos venden más el buenismo onegeero que la voz de Dios. Porque decir las verdades del barquero no es políticamente correcto. Y predicar es muy diferente a dar trigo. Y porque se les va el personal a poco que aprieten con las normas. Tanto es así que viven agobiados por ver cómo mantienen el cotarro.

Ahora se está pasando el relevo a los laicos. Unos laicos educados por los religiosos formados según las constituciones de sus institutos, pero a la larga completamente indiferentes. El problema no se sabe bien de quién es. Tal vez de una sociedad sin Dios, que da la espalda a la fe, que no quiere compromisos con la moral. Que prefiere la causa de los pobres y que les dejen vivir su vida.

El problema, si lo acierto a balbucear, tal vez consiste en que ya no se cree en los diez mandamientos y mucho menos en los de la Santa Madre Iglesia. Y eso los de dentro, los jovencitos de colegios religiosos. Una verdadera bomba de relojería, que pertenecen en su mayoría a los grupos de la izquierda más radical.

Curioso panorama el que nos han dejado los contubernios políticos tras mantener el Estado a estos colegios religiosos, mejor hubiera sido dejarlos como centros privados. Pero la labor ingente que hacen en el campo humanitario obligaba a cubrirles las espaldas. Y eso han hecho los sucesivos gobiernos. Lo que pasa es que desde esos mismos colegios sale el ala más radical de la sociedad española, la más libertina y la menos católica.

Se dice que no hay vocaciones porque no hay deseo de compromiso, como ya no hay matrimonios por la iglesia porque la mayoría opta por lo civil o sencillamente vivir arrejuntados. Pero se esconde lo mismo, que Dios se ha ido de vacaciones de la vida de estos jóvenes que en su día se educaron en colegios religiosos. Les ha quedado como mucho el compromiso con las causas de los débiles. Esa es toda la religión heredada, de la del compromiso con la vida religiosa no quieren saber nada, absolutamente nada. Están hartos de sus centros educativos y de todos los programas que con buena voluntad estuvieron machacando sus neuronas.

Es probable que la vida religiosa quede muerta en menos de veinte años por falta de relevo generacional, el resto será historia. Y no sabemos bien qué hay que hacer, lo digo con franqueza. Esos esforzados religiosos de hoy merecen un monumento a su coraje por desear mantener lo que se está cayendo a trozos, y por buscar alternativas para que no desparezca el espíritu de sus fundadores diluido en la nada más absoluta.

No reprochemos su pasado, el contubernio con el poder, las concesiones habidas y por haber, para mantener el tinglado en funcionamiento. Me queda en mente la idea de que tal vez a los jóvenes les marcan los gestos como a nadie y esos gestos tienen que tener coherencia. Cabe preguntarse si esos grandes centros escolares mantuvieron esa coherencia. Por mucho que se dispersen por el mundo en miles de ONGS si el problema es la indiferencia de la sociedad hacia Dios, tendremos que impactar en esa sociedad de algún modo. O el último que apague la luz.

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Acerca de Carmen Bellver

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