Colecta pro Ucrania el conflicto que hoy recordamos

Los conflictos toman la portada de los medios y tras unos días se desvanecen de nuestros ojos, pero persisten con toda su crudeza. Es el caso de Ucrania, cuya colecta en todas las iglesias el Papa destina este domingo a las necesidades más importantes de esta población, asolada por un enfrentamiento que parece lejos de terminar y al que el mundo ya había dado la espalda.

Está bien que rescatemos del olvido que miles de personas viven apenas con lo básico y muchas de ellas sin lo más necesario. Las más vulnerables son las personas ancianas y los niños. Esta guerra que dura ya dos años ha obligado a dejar sus casas a millones de personas y se ha cobrado la vida de miles. En marzo del 2014, Rusia se anexionó la región ucraniana de Crimea y, aproximadamente un mes después, iniciaron los combates a lo largo de la frontera oriental entre separatistas pro rusos y fuerzas gubernamentales.

Me llegan noticias de que las ONG no pueden acceder a la zona, tan sólo a través de Caritas internacional llegan ayudas. A través de la organización llegan también las noticias: “El bombardeo era constante”, dijo Ira Laptyeva. Ella vivía con su familia en Debaltsevo, un pueblo estratégico clave en la región de Donetsk en Ucrania oriental. Durante 30 días, en enero y febrero de 2015, fuerzas separatistas se enfrentaron a tropas del gobierno en una de las batallas más feroces de la guerra civil de Ucrania.

Casi todos los edificios en el centro de la ciudad fueron destruidos o seriamente dañados. Tras la batalla, se encontraron cuerpos en casas y sótanos. Todo aquel que pudo salir, lo hizo.

Para Ira, huir no era tan fácil. Su esposo, Vitaly, está severamente discapacitado. No se puede mover. Su padre, Nikolai, es ciego. “No quería irse”, dice. “Y yo no sabía cómo sacarlos”.

Ira también es discapacitada. Su cuerpo es pequeño, delicado, del tamaño de una niña de ocho años. Su niño, Bohlan, que apenas empieza a andar, también es discapacitado.

“Era muy difícil enfrentar la situación”, dijo. “Tuve que cuidar de mi esposo y de su padre, los dos dependen de mí. El niño lloraba todo el tiempo. Los proyectiles caían cerca de la casa. No tuvimos electricidad por 10 días. Hacía un frío terrible. Yo tenía que salir fuera a acarrear agua, que para mí es difícil. Casi me matan”.
Temiendo por su hijo, finalmente logró sacarlo de la ciudad. Luego organizó que su esposo y su padre fueran evacuados.

Ahora viven en Khakiv, una ciudad en Ucrania oriental controlada por el gobierno. Viven en albergues protegidos con otras familias que han sido obligadas a abandonar sus hogares. Comparten una sola habitación, pero es cálido y seguro. Reciben alimentos y ayuda financiera de Caritas. “Estamos tratando de permanecer positivos”, dice.

Historias que ponen rostro y nombre al sufrimiento de este pueblo. “Nuestros valores han cambiado”, dijo. “Antes del conflicto, la familia se preocupaba por cosas materiales, como casas y ropa. Ahora, valoramos lo que tenemos”.

En el Año consagrado a la Misericordia el Papa quiso hacer un hueco para este conflicto enquistado. Y nosotros hoy mostramos nuestra generosidad con el pueblo ucraniano.

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Acerca de Carmen Bellver

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