El peligroso arte de comunicar

El viaje diario en metro permite la capacidad de observar. Es curioso que la mayor parte de viajeros ya no utilizan esa zona de su procesamiento mental, andan ahítos de móviles que absorben el arte de mirar. Venimos observando el fenómeno cada día más usual de que la gente esté completamente volcada con su pequeña tecnología, absorta de lo que sucede alrededor. Nos perdemos una de las mejores cualidades del ser humano que es la reflexión sobre lo visto. Y no son nuestros mensajes de whatsahp o de facebook quienes nos mantienen al día, más bien este tipo de comunicación nos lleva a la alienación mentalmente, si no sabemos dosificar su influencia sobre nosotros.

Es gravísimo que los numerosos accidentes de peatones que miran su móvil y no donde caminan, haya llevado a poner semáforos en el suelo en Alemania, con objeto de concienciar a los distraídos viandantes.

Por otra parte comunicamos todo o casi todo lo que sucede en nuestra vida, con un afán de dar a conocer hasta el más anodino de nuestros actos. Vivimos agobiados por la cantidad de me gusta que se quedan como rúbrica en tu muro. Acompañados por cientos de amigos virtuales de los que nada sabemos y apenas conocemos. No hace mucho falleció en la más absoluta soledad el dueño de una cuenta de facebook con miles de seguidores. Nadie fue a su funeral, ni siquiera tuvieron conocimiento de que su amigo virtual se les había ido.

Los filósofos y sociólogos observan el fenómeno con preocupación. No sólo hemos perdido intimidad, sino que al parecer la estamos vendiendo y convirtiendo en capital para las plataformas de la red. Estamos en el ojo del huracán mediático. Se sabe qué nos gusta, y acuden a nuestra cuenta numerosos spam difíciles de eludir, puesto que la información volcada en la red es de dominio público.

No hace mucho presentaba la policía en un centro escolar las normas para poder sortear el acoso o bullying, y el peligro de compartir nuestra intimidad con desconocidos. El tema se las trae y no deja de ser la nota dominante que ha supuesto pérdida de puestos de trabajo por compartir en la red lo que perjudicaba a nuestro prestigio personal, sin que apenas nos diéramos cuenta de ello.

La reflexión de los filósofos va mucho más allá, estamos cambiando de modo de pensar y procesar la información. A la capacidad de observación reposada de cualquier viajero de metro o autobús, con las antenas puestas sobre lo que sucede a su alrededor, se vierte ahora la imagen de un grupo de personas alienadas por la tecnología, que apenas saben mirara su compañero de viaje.

Sepamos discernir lo útil de lo banal. Los mensajes de texto no pueden suprimir el contacto diario con la otra persona, en donde la empatía entra por los cinco sentidos que es algo imposible de conseguir en una pequeña pantalla del móvil. A las ventajas indudables de estar conectados las veinticuatro horas, le sucede también la adición que hace sufrir patologías cuando perdemos el móvil o lo dejamos olvidado.

Por otro lado conviene saber qué comunicamos en la red y lo que es más, que no deberíamos jamás comunicar. Si tenemos la capacidad de vender nuestra intimidad, no duden que otros la compran por muy bajo precio y la saben utilizar a veces contra nosotros.

Acerca de Carmen Bellver

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