El Papa debió rechazar el Premio Carlomagno

Los premios, como los homenajes, no debieran tener cabida en la figura del Santo Padre. Como representante del pueblo fiel de la Iglesia, le basta su papel para merecer la plegaria de los fieles y el respeto de la sociedad en general. Recibir el Premio Carlomagno es caer en la futilidad de un reconocimiento cuya lista es tan ambigua como oscura. En ella encontramos al Fundador de la Comunidad de San Egidio; al Presidente de Italia; al Rey de España Juan Carlos I; a Felipe González; en definitiva a personajes de la más variada catadura.

Cierto que aprovechando el premio el Papa ha lanzado al corazón de Europa un discurso con fundamento, directo a las entrañas más profundas que están siendo heridas por los problemas a veces de carácter irresoluble. El Papa pontifica entre los grandes de Europa, les da un tirón de orejas llamándoles a ser lo que en esencia fue el viejo continente, un crisol de cultura y humanismo cristiano, preñado de arte e ingenio por todos los lados. Un referente durante generaciones en valores de humanismo y democracia.

Europa lo ha sido todo para el mundo durante miles de años. Y hoy está tambaleándose cuando parecía haber alcanzado la unidad política y financiera. Cuando el logro al que se aspiraba durante décadas se logra parece que se esfuma de los dedos, agitados por la corrupción y la indiferencia ante el clamor de miles de desplazados por conflictos del que muy bien pudieron ser artífices los países de este continente.

Por eso un Papa no debiera merecer este tipo de homenajes, porque reúne a lo más brillante de la política y las finanzas del continente y sin embargo están manchados por sus propias contradicciones. Un premio que en principio se otorga a la aportación (anual) más valiosa a la comprensión y el desarrollo de la comunidad en Europa Occidental y por servicios a la humanidad y a la paz mundial. La aportación puede ser en los campos de la literatura, ciencias, economía o política.

Y qué hace un Papa dentro de este lavado de cara entre miembros de toda Europa Occidental. Evidentemente caer en las garras de la banalidad que cualquier premio entraña. Y someterse al imperio de sus galardonados con anterioridad. Ya digo que personalidades de diversa condición, contradictorias entre sí, y que por tanto ningún pontífice debería recibir. Si me apuran ni siquiera el premio Nobel de la Paz, otro galardón politizado. Cualquier premio lo es por su propia naturaleza. En él cabe todo tipo de conjeturas. Es indudable la aportación del Papa a la resolución de conflictos en todo el mundo, pero ese es su cometido con independencia de los honores mundanos.

Vuelvo a insistir que el Papa no debe recibir ni admitir ningún tipo de homenaje social que politice su labor como Pastor de la Iglesia. Nos ha dejado un discurso más en este evento del Premio Carlomagno, pero nos queda la duda de por qué ha decidido recibir el galardón. Seguimos instrumentalizando la figura del Papa en la dirección que más interesa a determinados grupos. Y eso no beneficia en nada su prestigio como líder espiritual de millones de católicos.

Acerca de Carmen Bellver

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