Tiempos modernos: el sentido del pecado

Resulta que es difícil llenar una cuartilla con algún tema interesante. Los hay variados y de carácter inquietante, por ejemplo que la fertilización in vitro haya dado lugar a la inseminación de una anciana de 70 años. Una no deja de pensar que la ciencia y sus posibilidades están al margen del sentido común. Más aún que se alejan de lo que es la obra de Dios para ponerse en su lugar como diosecillos paganos. Que esta anciana sea dichosa con su bebé no evita las consecuencias morales de su acto que en esencia es irresponsable por no tener en cuenta quién cuidará de ese niño cuando ella tenga ochenta.

En estas artes de la ciencia, sucede lo mismo que con la justicia. No todo lo aprobado por una ley tiene que ser necesariamente bueno. Sabemos que la esclavitud estaba aprobada por ley y que Hitler persiguió con las leyes en su mano a los judíos aplicando la famosa solución final.

De modo que podemos deducir que no todo está permitido aunque existan métodos que hacen factible, vientres de alquiler y ferias de vientres de alquiler, relegando una vez más a la mujer a un papel denigrante, obligada a ceder su cuerpo por dinero. Pero eso no es todo, una siempre se preguntará por la licitud moral de dicho acto a poco que la conciencia se encuentre mínimamente formada.

Y con estas andaba yo reflexionando sobre la justicia, el derecho y el deber. Y especialmente sobre el abandono del sentido del pecado, al que se le han dado connotaciones tan negativas que se ha vendido como un lastre para las conciencias, cuando en realidad era un camino hacia la santidad.

El sentido del pecado nos dice de alguna manera qué está bien y qué no está bien. Y para ello tenemos los mandamientos, pero también la conciencia que si está bien formada, no dudará en repudiar que se mofen de unas mendigas echándoles billetes incendiados para que se quemen al apagarlos.

El sentido del pecado nos advierte que no se pueden manipular embriones de manera que se congele la vida en una probeta al capricho de quienes quieren decidir cuándo y cómo tener un hijo. Hay algo que rechina en nuestro interior y nos dice que eso no está bien.

Como no está bien defraudar Hacienda y luego predicar en un spot publicitario a favor del erario público. No está bien lo de los papeles de Panamá y todos lo sabemos, y nos indignamos ante la desfachatez hecho contubernio. Y eso obedece a que la laxitud de conciencia es alarmante. Que todo se da como bueno, que a nada se le pone freno ni límite, con tal de que sirva a nuestro capricho y provecho. Pero algo en nuestro interior sabe qué está bien y qué no.

Pues bien, el pecado es de esa naturaleza. Y sólo con la oración, los sacramentos y el deseo de no pecar más, conseguimos una sociedad más limpia y una convivencia razonable. Por eso las leyes injustas nadie está obligado a cumplirlas. Y cuando se aleccione en los colegios sobre la transexualidad, la bisexualidad o la homosexualidad, una tendrá que decidir si obedece a su conciencia o a la ideología de turno que se ha colado de rondó en la enseñanza.

Y por eso hoy la anciana que ha tenido el bebé con 70 años es tan culpable como el médico que la sometió a la inseminación. Y el Estado que permite semejantes aberraciones es así mismo responsable subsidiario de dicho desatino. Como lo es por permitirse una feria de vientre de alquiler o la educación que hace preguntar a un niño mamá yo qué soy nene o nena. Y esto obviamente nada tiene que ver con la homofobia, va más allá y se incardina en el sentido del pecado y la conciencia bien formada.

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Acerca de Carmen Bellver

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