“Dios no se cansa de perdonar”: Francisco dixit

Me gusta la lógica de la misericordia que no entiende de premios ni castigos. Que habla de un Dios que se desborda por nosotros. Me gusta que la puerta siempre esté abierta. No obstante, me preocupa que nadie parezca importarle esta situación. Si en esencia nadie tiene sentido de pecado, no regresará al Padre como el hijo pródigo, convencido de que aunque merezca un castigo el padre le recibirá. Si la misericordia se convierte en algo neutro, que deja al margen nuestra obras y actos, que deja de lado nuestra propia conciencia. Esa misericordia parece que está corrupta, uno puede llegar a la conclusión de que cualquier estilo de vida da lo mismo.

Y aunque no entendamos los designios de Dios, al parecer si sabemos por Jesús que para alcanzar la salvación debíamos mantenernos unidos a su persona y aplicar la obras de misericordia a su estilo. Y sobre todo alejarnos del pecado, aunque no juzguemos al pecador. De manera que la misericordia es un salvavidas que tenemos siempre ahí en nuestras manos, pero no olvidemos que el mismo Jesús predicó sobre el infierno, aunque se mostró siempre misericordioso hasta el extremo de acoger al pecador que había sido crucificado a su lado.

Comprender esto resulta muy complicado, porque al parecer Dios no lleva cuenta de nuestra maldad, pero sí que considera la bondad de nuestro corazón, si que valora las intenciones y motivaciones profundas que nos llevan a obrar de un modo determinado.

Gracias a Dios tenemos los diez mandamientos que son el conjunto de normas que nos enseñan a amar y respetar a los demás. Y si esos mandamientos no sabemos respetarlos, es evidente que estamos en pecado, que abandonamos de alguna manera la gracia de Dios, que le damos la espalda. Que El por su parte esté siempre dispuesto a recibirnos es una gracia inmerecida, pero eso es lo que predica el Papa Francisco, dejando muchos flecos en al aire. Dios nos examinará del amor y de lo que llevamos en el corazón. Por eso es posible que muchos sean los llamados y pocos los elegidos. Por eso es posible que entren en el Reino algunos que al parecer estaban en los márgenes del mismo.

Entender la lógica del amor de Dios rebosa nuestra comprensión. El mismo se ha hecho hombre para redimirnos del mal, para hacer triunfar el bien y superar el toma y daca al que nosotros somos tan dados. Pero creo profundamente que aunque la puerta de la misericordia está abierta, tiene una rendija muy estrecha. Como dijo Jesús, entrad por la puerta estrecha.

Por eso cuando hablamos de que Dios es Amor, sólo podemos exclamar como San Francisco de Asís que el Amor no es amado. Y rogar porque lo sea. Porque de corazón deseemos amarnos unos a otros a semejanza de Dios, con ese desinterés extremo, con esa exquisita cortesía, con ese abrazo efusivo que todo lo perdona y todo lo disculpa. Ahora bien si no llevamos a nuestros hermanos al abrazo con el Padre, al abrazo con Jesús, al abrazo que todo lo perdona, tal vez es que hemos caído en una indiferencia absoluta por la salvación de las almas. Tal vez es que ni siquiera ese tema es importante para nosotros como cristianos. Y sin embargo, es crucial en la vida de todos aquellos santos que vivieron en su tiempo, con sus circunstancias especiales, pero preocupados por la salvación de las almas, por la conversión de los pecadores. Por llevar el Amor de Dios a todos los corazones.

Acerca de Carmen Bellver

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