El precio de la fama

Siempre he pensado que debería ser horroroso depender de los demás al estilo de los artistas. Se la juegan diariamente y si tienen un mal día, son capaces de hundirles. No deja de llamarme la atención el grado de autoestima que deben tener, tan grande como su ego, cuando sufren el aplauso general por su actuación. Me pongo en su piel y entiendo que no se puede ser una persona normal, tras ese club de fans que te persigue por todo el mundo, que adora tus fotos y pide tu autógrafo, ahora directamente un selfie. Que con esto de los anglicismos nos hemos pasado a la estupidez. Ya lo dice la Real Academia, tenemos un lenguaje que no necesita palabrejas inglesas. Pero ahí andamos.

Pues como iba diciendo los artistas son unos personajes espectaculares que viven de su imagen y que aman a muerte a quienes promocionan su rostro o pregonan sus ocurrencias.

La fama tiene sus propios demonios interiores, no poder soportar un fracaso, vivir pendiente de que suene el teléfono, gestionar tu vida al compás de lo que otros dictaminan, dejar tu piel en el escenario y pasar a la soledad de la habitación del hotel. Porque no me dirán que lo de las giras, bolos, o como se llame, no tiene su coste. Ese tener que apartarte de los tuyos para recorrer el mundo en gira teatral o musical.

Siempre he pensado que esos altibajos emocionales les afectaba directamente en su vida familiar. Que no podían ser como el resto de los mortales, tienen una pastas especial y naces con ella o no puedes seguir el ritmo. No hay vuelta de hoja. Por eso les admiro, al tiempo que siento cierta pena por su vida, Ya que dependen de lo que digan los demás, pendientes siempre del éxito o el fracaso.

Vamos que la vida de un artista me parece inconcebible en mi piel de ciudadana de a pie, con pánico escénico y ganas de pasar siempre desapercibida. Por eso el glamour de esta gente me intriga. No concibo que deseen vivir acaparando portadas y fotos. No entiendo que cuiden su dieta al milímetro para seguir siendo admirados y deseados. Me da escalofrío cuando lo pienso. Y es que una, jamás ha querido ser actriz, y no se concibe arriba de un escenario. Tampoco me gustan los disfraces y mucho menos posar para nada. De manera que mientras tantos jóvenes desean ser actores de cine o televisión, yo sigo observando el fenómeno con inquietud de sabueso. ¿Qué les falta en su vida para desear ser un personaje?. ¿Qué carencias afectivas soportan para soñar con tener miles de fans dispuestas a lo que sea por ell@s?.

En definitiva el arte es algo muy complejo, pero ser artista tiene unas reglas específicas cuyo peaje hay que abonar y alguien debiera advertir a nuestros jóvenes que esos peajes sólo son capaces de pagarlos gentes con piel de elefante, con una piel especial muy especial, capaz de soportar el altibajo efímero de la fama. Y pasar por las sombras del anonimato durante largas temporadas.

Hago un recuento de actores y actrices que ya no veo en la pantalla y me da escalofrío que se hayan desvanecido por ahí en teatros de provincias hasta que les llegue un nuevo papel para encumbrarlos al Olimpo de los dioses del celuloide. Como dijo alguien: lo difícil hijos míos no es llegar, sino mantenerse. Y sólo los grandes logran mantenerse a lo largo de los años. Son los menos y arrastran tras de sí penurias de todo tipo que no aparecen en las portadas de las revistas. Mi respeto hacia ellos y mi más sentido pésame por una vida tan voluble.

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Acerca de Carmen Bellver

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