La oración incesante

Con motivo de las palabras del Papa sobre la oración he recordado a Jean Lafrance y un pequeño librito titulado Día y noche, donde se transcribe: Ninguna palabra, ninguna idea, ninguna imagen pueden ayudarnos a comprender de una forma plena la oración. Día y noche, nos acerca a una enseñanza asidua sobre la oración en la escuela de los santos, abriendo, al tiempo, una puerta cerrada hasta hoy: el autor, que cultivó siempre de una manera celosa su vida oculta, y callo constantemente sobre sí mismo, comprendió finalmente que debía compartir su propia experiencia. Quien desee leerlo está publicada en la editorial Tabor.

¿Y no hará Dios justicia a sus elegidos, que claman a Él día y noche?. Les va a hacer esperar?. Yo os digo que les hará justicia prontamente. Pero el hijo el hombre, cuando venga, ¿encontrará fe en la tierra?. (Lucas 18, 6-8)

La oración incesante, al estilo de los monjes, es posible en la ciudad y en el ruido del mundo. Hace falta voluntad, deseos profundos de cerrar los ojos y abrirlos a otra dimensión. En la oración no sólo existe la petición que es oración de intercesión hacia los hermanos. Orar por las almas de los demás es uno de los actos más hermosos que se puedan realizar. Existe también la oración de súplica, un impulso que nos pone en estado de orar, cito del libro que monseñor Antoine Bloom decía: “En ese sentido, la oración continua es más fácil en una vida activa, en la que uno se siente hostigado por todas partes, que en una vida contemplativa, donde no existen preocupaciones”.

Supongo que a esto el contemplativo dirá que no es así, puesto que todos pasamos pruebas, angustias, sufrimientos y peligros, y es natural que ello suscite la perseverancia que nos impulsa a la oración incesante.

En una vida llena de activismo donde una fe sin obras es una fe muerta, la oración está más bien de capa caída. Sin embargo todo comienza en el Evangelio: “Fue Jesús a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios (Lc 6, 12), tanta era la insistencia en este hecho que terminará por enseñarnos a orar con sencillez el Padre Nuestro. Y no cesará de pedir a sus discípulos: Velad y orad para no caer en la tentación, porque el espíritu está pronto pero la carne es flaca”

Y en estos días recordamos la presencia de María: Todos ellos permanecían asiduos en la oración en común con las mujeres, con María, la madre de Jesús, y con sus hermanos (He, 1, 14).

De manera que la oración es el soplo o aliento natural del cristiano, sin el que nada podemos hacer. Caeríamos en un voluntarismo soberbio si creyéramos que el activismo hacia los demás es suficiente. Nos faltará siempre saber rogar como el mismo Jesús y recordar sus palabras. “Yo pediré al Padre que os mande otro defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir porque no lo ve ni lo conoce. Vosotros lo conocéis, porque vive con vosotros y está en vosotros (Jn 14, 16-17). Y ese vivir y estar con nosotros solo es posible a fuerza de la oración incesante. Por tanto la perseverancia nos da la clave.

Acerca de Carmen Bellver

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